¡JOPÉ CON JOSE!
Eva Gálvez de Lucas | Ujo Kirjailija

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A pesar de mis años de formación para ese preciso momento (cuatro años de carrera y uno de máster más meses de prácticas), no puedo evitar sentirme nervioso. Esta va a ser mi primera experiencia laboral en toda regla y no sé qué voy a encontrarme. ¿Y si no me gusta el trabajo para el que he dedicado tantos años, esfuerzo y dinero? ¿Y si no me acogen bien mis compañeros? Odio llegar a sitios donde ya están hechos los grupos, donde la gente ya se conoce desde hace tiempo y tú no eres más que el nuevo, el novato, el becario… Al principio, puede que muestren algo de interés por ti, pero con el paso de los días, supongo que se va diluyendo y pasas a un segundo plano, o más bien a ser la persona que todos evitan porque no haces más que entorpecer el trabajo de los demás con tus preguntas impertinentes.

¿Habría alguien que me formase o me echarían al ruedo sin más? Se supone que ya debería saber hacerlo todo, por eso me habían contratado, además de por el desparpajo y las ganas de comerme el mundo que había exhibido en la entrevista para demostrar que cumplía algunos de sus principios de liderazgo. También me había empollado su página web a conciencia y había soltado un par de perlas sacadas de artículos de opinión de algún periodista lumbreras, pero ahora ya no tenía ningún as en la manga. Ahora estaba solo ante el peligro y se veía a la legua que estaba cagado, que no controlaba tanto como había dado a entender, que solo me había «tirado un poco el pisto» para que me contrataran, pero ahora me tocaba demostrar que valía lo que supuestamente resaltaba en mi currículo. Era obvio que en algunos puntos había exagerado para impresionar, como en el nivel de inglés o en proyectos realizados durante los años de universidad que más bien había plagiado. Asimismo, los trabajos temporales de verano tampoco habían llegado a producirse, me había limitado a indicar como contacto de referencia el número personal de mi tío, que tenía una pequeña empresa, por si decidían comprobarlo.

Allí sentado en aquel sofá de polipiel desgastado, me sentía un fraude. Mientras esperaba a mi supuesto jefe, Jose Fernández, me estaban entrando ganas de salir corriendo. ¿Sería mayor o joven? ¿Sería enrollado o latiguero? ¿Nos caeríamos bien o chocaríamos desde el principio? Desde luego que la puntualidad no era uno de sus fuertes porque llevaba ya unos diez minutos ahí y aún no había aparecido nadie. De repente, sale del ascensor una chica rubia con el pelo largo, un cuerpo despampanante para su edad que calculo que estará en torno a los cuarenta y pico, y no puedo evitar mirarla de arriba abajo según se me acerca. «Buenos días, David, ¿verdad? Perdona la espera. Soy Jose Fernández. Encantada». Me quedo a cuadros.