1394. JUAN ES NIHILISTA
Laura Sánchez de Rivera García | Nihilista de pastiche

Me llamo Juan y soy nihilista. Todo empezó cuando, hace un par de meses, decidí presentarme así. Estaba ya cansado de que mi sonrisa confundiera a la gente. Podría haber apretado la mano durante el saludo con gesto serio y sin mudar la expresión, pero, ante todo, soy educado. Eso dio lugar a confusión. Creo que es porque tengo los dientes alineados y la boca grande y, cuando la abro, mis ojos empequeñecen, lo que da a mi semblante un aire risueño y feliz. Mi sonrisa, unida a que, como ya he dicho, soy educado y me gusta mantener una buena conversación, hacía crecer en las personas la idea de que yo era alguien optimista y alegre, mientras mi interior gritaba: «Se dice que la maldad se expía en aquel mundo; pero la estupidez se expía en este», en medio de una vorágine de conversación inane y hueca.
Como mi nombre no aporta información adicional acerca de mi yo sustancial, he decidido añadirme este apellido, así la gente está preparada para lo que viene. Mi sonrisa de pronto es de cristal, frágil y fría, y no calca la sonrisa del otro como un espejo. La percepción de los demás ha cambiado.
Todo eso me gustaba, pero tuve un par de problemas. El primero ocurrió en medio de un funeral. La madre de mi jefe había fallecido y, después de sortear a los grupos de consuelo, le agarré el hombro y le susurré: «Lo siento». Mi boca se selló en ese momento, intuyendo acertadamente que el silencio era mi mejor aliado; no obstante, fui consciente de cómo mis barreras se desmoronaban de forma paralela a la respuesta de mi jefe: «Está en un lugar mejor». Sin poder evitarlo, las palabras se filtraron por las grietas de mi boca: «La religión es como las luciérnagas, necesita oscuridad para poder brillar». El despido me llegó al día siguiente.
Tras ese incidente, tuve otras dificultades; un día, mi vecina me obligó a comentarle, después de verla colgar una bandera de España en la ventana, que el patriotismo es la pasión de los tontos y la más tonta de las pasiones. Eso hizo que nuestra convivencia no fuera del todo agradable.
En fin. Estaba en el paro; necesitaba un trabajo, pero, ¿dónde podía encajar un nihilista? Finalmente me vino la inspiración y fundé una empresa de tazas con frases motivadoras como: «Hoy es un buen día para sonreír» o «Nunca tires la toalla si no es en la playa». Al fin y al cabo, el pesimista solo es un optimista en plena posesión de los hechos.