1176. JUBILACIÓN DE UN INMIGRANTE ESPAÑOL
Manuel Vázquez Cañal | Manolibus

Al fondo de la mesa, Monsieur Arteta se pone en pie y, a través de un par de lágrimas precoces, comienza a leer unas palabras de agradecimiento con motivo de su jubilación. Había comenzado como operario de ensamblado de motores hacía más de treinta años, en los tiempos ya míticos de los modelos de combustión, y durante los últimos veinte había tenido a su cargo una sección de más de cincuenta trabajadores.
En la fábrica todos lo llamaban Le Taureau, sobrenombre adjudicado por un compañero, francés y lepenista, en su segundo día de trabajo, refiriéndose de un modo tácitamente despectivo a su origen español. Puesto que, implicaciones toponímicas aparte, se daba la feliz coincidencia de que el apodo se compadecía bastante bien con la complexión física de Arteta, la precaución impidió cualquier manifestación expresa de desprecio y, con el tiempo, terminó por constituir un sobrenombre cariñoso. Lo cierto es que el bueno de Le Taureau no mostraba un carácter merecedor de semejante alias; tan solo una vez, dos años después de haber sido ascendido a encargado, lo vieron realmente enfadado. El director de la planta pensó en un primer momento que el encargado español había perdido la cabeza cuando se presentó en su despacho rojo de ira, alternando blasfemias en francés y español, así como en lo que el pobre hombre tomó por lenguas inventadas (quizá no estuviese loco, sino poseído), pero que no era otra cosa que un euskera casi olvidado que la enajenación había recuperado para la causa. Arteta exigía el despido del joven Émilien, porque “por muy sobrino suyo que sea, es un puto disléxico”, porque “desde el despacho parece todo muy fácil, pero es un peligro” y porque “me voy a mi foutue maison antes de trabajar otro minuto con ese atzeratu”. El director no entendía nada, pero dentro de su ofuscación alcanzó a comprender que era preferible trasladar al hijo de su esposa –el cual, por otra parte, poseía características menos compatibles con el trabajo que la dislexia- a otra sección que perder un buen encargado.
Y ahora todos sonríen al viejo Arteta, que entre lágrimas se despide de “mis queridos compañeros, que más que compañeros son una segunda familia”. Lo que no sospecha esta segunda familia (ni, para el caso, tampoco la mujer y dos hijos que conforman la primera) es el pasado del entrañable Arteta como jefe del último comando de la banda terrorista ETA en Madrid. Disuelta oficialmente para los libros de Historia en 2018, casi una década después un grupúsculo radical encabezado por Arteta intentó un gran golpe para reactivarla. Una trágica —para los terroristas, se entiende— tarde, dos policías abatieron a tiros a un joven vizcaíno sin antecedentes que, en lo que se atribuyó al resultado de un brote psicótico, había intentado asesinar al exjugador de baloncesto Felipe Reyes. Esa misma noche Arteta abandonó el piso franco y la lucha armada, emigrando a Francia.
Nunca abandonó, no obstante, la convicción de no volver a trabajar jamás con un disléxico.