Julepe
Erea Alonso Alonso | Erea

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Llevaba varias semanas tonteando con la idea de que su vida pudiese acabar de manera fortuita. No se trataba de algo que buscase activamente pero le seducía dejar esa decisión en manos del azar. Estaba cansada de esa tristeza que arrastraba consigo a todas partes. No era una tristeza que la inhabilitase aunque sí la hacía sentir inapetente y apática cada hora del día. Tampoco adoptaba un papel activo en esta fantasía de que su vida acabase y con ella un pesar que no lograba quitarse de encima, pero es cierto que a veces jugaba a ponerse en peligro. Por poner algún ejemplo tonto, si cruzaba mal una calle no se molestaba en comprobar si un coche pasaba en ese momento, cerraba los ojos y se lanzaba a la carretera, dejándose a merced del tráfico; si había temporal y viento y lluvia azotaban las calles ya no se desplazaba en metro, cogía su bici rosa, a la que tanto miedo le había tenido siempre, y se paseaba a toda velocidad ansiosa por que una ráfaga de viento la derribase o un coche no consiguiese esquivarla a tiempo. Su vida se había convertido en una sucesión de horas vacías y, con ello, había perdido todo el sentido. Una tarde, el azar al que tanto invocaba, la llevó a visitar un edificio tan alejado de la ciudad que la única forma de llegar era enlazar varios autobuses y finalmente caminar durante media hora aproximadamente. Ojeó por encima la ruta en el Maps y se dispuso a seguirla. Tras coger varios autobuses se encontró en un cruce de confluencia entre varias carreteras que ni siquiera contaban con arcén. En un primer momento le pareció una imprudencia caminar por los márgenes sin delimitar de dicha carretera en la que los coches circulaban a toda velocidad. Pero recordó que ahora era una chica que desafiaba a la muerte, y esto solo era una forma más de poner a prueba su destino. El GPS comenzó a guiarla por vías cada vez más estrechas hasta que se encontró en medio de un monte que no conocía siendo ya noche cerrada aunque apenas fuesen las siete de la tarde, caprichos del invierno. Echó un vistazo a su alrededor y solo vio árboles altos e imponentes que la rodeaban y una fábrica que parecía semiabandonada y de cuya puerta salía una suerte de alaridos masculinos. Por primera vez después de meses de abulia consiguió sentir algo, aunque quizás no lo que esperaba, miedo. Tras varias semanas tonteando con la idea de desaparecer sintió un profundo temor ante su inminente materialización. Continuó caminando, asustada, pues según el GPS ya casi había llegado. Al pasar a la altura de la fábrica vio la puerta abierta y no pudo evitar echar un vistazo hacia su interior. Encontró un edificio semiderruido y lleno de herramientas y maquinaria agrícola y también a un grupo de hombres de mediana edad reunidos en círculo discutiendo sobre algo. Uno clavó sus ojos en ella:

–Joven, ¿necesitas ayuda?