816. JURÁSICAS TRINITARIAS
M Rosario Gómez Fernández | Yayo Gómez

Nos unió el colegio de monjas y el azar quiso que, después de medio siglo, formáramos el grupo de excompañeras y, por ende, el grupo de WhatsApp correspondiente, cuyo asunto es Jurásicas trinitarias. Nos damos los buenos días, las buenas tardes, noches y que sueñes con los angelitos. Te levantas y ya tienes ochenta mensajes. Un fastidio. De vez en cuando, organizamos alguna visita cultural, en el que nos ponemos al día de nuestras vidas. ¿Cómo estás Asunción, y tu nieto, hizo ya la primera comunión? Dolores, te veo mejor, debes animarte. Macu, no paras, que si vas al baile, de balneario. Qué pena lo de María Jesús, ¿cómo fue, de qué murió…? No me digas…
Yo, cuando escucho estas conversaciones, río para mis adentros. Dicen que el grupo se ha visto mermado. Pues que se preparen para lo que viene. Llegado a este punto, lo confieso: a María Jesús me la he cargado yo. La maté por pesada, era la más activa en el grupo de WhatsApp. Cuando ella abandonó este mundo, disminuyeron en más de cuarenta el número de mensajes diarios.
Se acabó. Lo tengo claro, la siguiente será Macu, que nos ha salido moderna. El otro día, sin ir más lejos, y por matar el tiempo, le pregunté: ¿Cuándo te ponen la décima dosis? Y ella, sonriente, me dijo que no se había vacunado, que estaba esperando a que saliera la vacuna española. ¿Cómo se atreve? —pensé furiosamente—. La muy ilusa no sabe que lo que de verdad importa hoy día es tener la pauta de vacunación completa. Sea cual sea tu condición personal: beata, infiel, exalgo o proaquello, lo verdaderamente importante es que estés vacunada. Sabrá ella, sabrá ella de Ciencia. Macu, vete despidiendo porque te queda poco, compañera, y encima dirán que, al ser mayor, moriste de covid unido a otras patologías. No harán ni investigación…
En estas estaba yo, cuando sentí palmaditas en el hombro. Toñi, Toñi, que te has quedado traspuesta. Ya hemos llegado a la Catedral, prepara el certificado—dijo Macu guiñándome un ojo. Me desperté sobresaltada, estaba dentro de un autobús, y la presunta difunta, María Jesús, revoloteaba pizpireta y sonriente, haciendo miles de fotos para mandarlas al grupo.
Con disimulo y estupor comprobé que no era una asesina.