1386. JUVENTUD, DIVINO TESORO
Carmen Pérez Marcos | NIKA VIDAL

Salgo decidida a la calle. Hoy es la primera vez que voy a entrevistar a alguien y ¡menudo alguien! No me lo puedo creer. Atravieso la avenida sin fijarme en el semáforo, lo que me supone una buena dosis de cláxones y frenadas. Da igual, me giro a sonreírles aunque ellos me estén lanzando toda clase de improperios. Un rábano me importa, ensancho mi sonrisa todo lo que puedo, antes de tropezarme con el bordillo y salir despedida hacia la acera, trastabilleando. Ahora los que se ríen son ellos.
Continúo brincando como una potrilla, hasta que llego a la imponente casa de mi entrevistado. Tras ser recibida por un agrio individuo que se ha presentado como asistente personal de mi objetivo, he pasado a un gigantesco salón donde, con gesto estirado, me ha indicado un sofá en el que casi podría tumbarme. Reconozco que ahí me he empezado a poner un poquito nerviosa, casi no puedo sacarme el abrigo atorado, enrollado impenitente en mi brazo izquierdo. Si no lo hubiese pasado por lo alto de la cabeza me habría ido mejor, no me habría quedado sin coleta en el intento. Por fin me lo quito, lo doblo con prisas, rehago mi recogido y consigo sentarme. La falda se me enrolla tipo cinturón dejando mis muslámenes al descubierto, la estiro todo lo que puedo, me digo que un pantalón habría estado mejor pero ya es tarde para lamentos. Preparo libreta, bolígrafo y grabadora, tapando las carnes como buenamente puedo, y así me quedó por espacio de veinticinco minutos, tiempo que casi agradezco para revisar las preguntas. La verdad es que las preparé deprisa y corriendo, quién se iba a esperar que me encargasen a mi semejante entrevista, pero la vida es así, un cólico inesperado del titular y allá va la becaria al rescate.
Miro por enésima vez el reloj, muy puntual el señor no es, no. Cuando aparece lo hace llenando el espacio de tal forma que el aire que empuja se instala en mi pecho como una losa. Me levanto a saludarle y caen al suelo mis protectores “carnales”. Sin casi mirarme, responde estirando su fría y seca mano. A templar los nervios de nuevo toca, me digo, pero al sentarme la falda se enrosca de nuevo hacia mis bragas, no ayudando nada, pero nada, a la operación temple. Tras terminar el estiramiento y colocar de nuevo libreta y grabadora estratégicamente encima de las piernas, empiezo con las preguntas.
Un portazo resuena a mis espaldas, su vibración me hace perder el equilibrio y supongo que por eso tiemblo como una hoja. No entiendo donde ha estado el fallo, a la tercera pregunta sobre el supuesto plagio se ha puesto como un basilisco y me ha largado con viento fresco, eso me ha dicho, largo de aquí con viento fresco. Fresco sí que hace, sí. Me enfundo el abrigo, me suelto la melena y salgo corriendo, a ver qué le cuento al jefe ahora.