143. KARMA
Aitor Bergara Ramos | Jardiel Poncela

Narciso Bello, cuando rezaba, lo hacía en estos términos: “Gracias, Señor, por hacer de mí un ser tan especial. Gracias por llenar mi hermoso cráneo con una inconmensurable inteligencia. Gracias, Dios mío, por ponerme los sueños al alcance de la mano, por guiarme hacia el éxito tan asombroso que he conquistado, por ponerme a horcajadas sobre los hombros de la mediocridad”.
Al lado de Narciso Bello, Cristiano Ronaldo era humilde y considerado. Al lado de Narciso Bello, Omar Montes era modesto y discreto en el vestir. Cuando Narciso conoció a Paloma, su mujer, se dirigió a ella en estos términos: “Perdona, preciosa, pero voy a darte la oportunidad de tu vida. A mí, físicamente, ya me estás viendo. Ahora, echa un vistazo a mi cuenta corriente”. CEO de una importantísima empresa multinacional y con un cuerpo nutrido de anabolizantes, a Narciso no había quien le tosiera.
La cuestión es que, de la noche a la mañana, a partir del día en que cumplió cuarenta años, la inmensa suerte de que había gozado Narciso Bello empezó a cambiar como por ensalmo. “Soy la hostia: tengo cuarenta años y aparento veinte”, se dijo nada más levantarse, el día de su cuadragésimo aniversario. Sin embargo, ya en la ducha, un voluminoso mechón de pelo negro (¿o era gris?) se quedó adherido a sus manos pringosas, mientras se proponía esparcirse el champú por el cuero cabelludo. “Bueno, no pasa nada. Puedo hacer doscientos viajes a Turquía, si hace falta”, pensó inmediatamente. Acto seguido, durante el desayuno, Paloma le interpeló: “Narciso, amor, tenemos que hablar. He conocido a alguien. Quizás no sea tan rico como tú, peque, y eso me jode bastante, ¿sabes? O sea, pero es divertido y atento conmigo, ¿sabes? O sea, y me hace feliz”. “Bueno, no pasa nada. Se van a pegar por mí en Tinder”, pensó inmediatamente, y se fue a trabajar. Pero, una vez en la oficina, fue requerido por el presidente de la empresa, íntimo amigo de su padre: “Lo sentimos muchísimo, señor Bello —enseguida le espetó este—, le tenemos en muy alta estima, de verdad, y le agradecemos encarecidamente la dedicación de estos años, pero, como usted ya sabe, la empresa atraviesa momentos complicados, y su nómina hace estragos. Mándele, por favor, un saludo, de mi parte, al imbécil de su papá”. Narciso, entonces, enmudeció, se notó por primera vez una arritmia, y luego se deslizó hasta el baño para mojarse la cara, mientras se repetía, como un mantra: “Bueno, no pasa nada. Mi papá es increíble, tiene muchos contactos”. A fin de reconfortarse a través de su imagen, como había hecho siempre, se miró al espejo, pero, esta vez, se vio calvo, y con una protuberancia violácea en la frente que le emparentaba con los unicornios; esta vez se encontró una fea línea de expresión en el rostro (¿o acaso era una arruga?); ay, esta vez, se sintió solo y abandonado y sin ninguna gana, a decir verdad, de agradecerle a Dios una mierda.