495. LA ABSURDA MANCHA
Aurora Moreno Abad | Yedra

Inés está feliz con su regalo de cumpleaños. Una lavadora secadora, silenciosa, último modelo. La trajeron envuelta en papel de corazones con un gran lazo.
Separa, cuidadosamente la ropa blanca y la de color, para estrenar su flamante lavadora.
En el cuello de la camisa de su marido, unos labios rojos perfectamente dibujados llaman su atención.
Mete la camisa, y echa detergente para las manchas rebeldes.
– No puedo con las manchas… repite una y otra vez.
– Se va a enterar este cuando venga… Clama llena de rabia.
Joaquín viene a comer su fabada, tres horas después de salir del banco.
– Otra vez ese carmín de mierda que utiliza tu secretaria estropeo tu camisa nueva.
– Ya… Dice él. Es de esos que no se van, ni al beber, ni al comer, ni al besar. De buena marca, caro, se lo regale yo.
– Claro, y aquí está tu mujer echa una esclava, poniendo la lavadora, para quitar la maldita mancha.
Eres un desaprensivo. Solloza sin lágrimas.
– Como te gusta el drama Inés, por una mancha de nada. Bueno, me voy a jugar una partida de ajedrez con la peña.
Con rabia ve cerrarse la puerta tras él.
Como última tentativa, Inés mete la camisa en la lavadora y echa jabón de fregar los platos.
La espuma sale sin freno, por la cocina, avanzando ligera por toda la casa. Nerviosa llama por teléfono.
– ¿Oiga es el fontanero?…
– Si dígame…
– Tengo una emergencia, la casa inundada de espuma y temo que se fundan las lámparas de Murano.
– Está bien señora, cojo las botas de agua y el impermeable y en unas horas me acerco.
Cuando viene el fontanero, la espuma ya es un tsunami.
Él la ve deslizarse lentamente como una tigresa separando la espuma con las manos. El vestido se ha vuelto transparente, y el estampado de mariposas revolotean en todas direcciones por su cuerpo voluptuoso.
El fontanero solicito, avanza a grandes zancadas hacia ella y se funden en un abrazo.
– ¡Qué ganas tenía que viniera, señor fontanero!…
– Ya mujer, los problemas unen… no le quepa duda.
– Antes que mire la avería, tomemos una copa. ¡Estoy helada!
– Muy amable. Dice con voz ronca, tirando el impermeable a la cama.
Por la noche Inés se acuesta con el mono azul del fontanero.
– Es que luego dices… Se queja Joaquín.
Acostarte con tu marido con el mono del fontanero que encima te queda enorme… No es sexy Inés…
– ¡Pues te aguantas! Todo ha sido por tu camisa. El lio que ha montado. Y que sepas que mañana tiene que volver el fontanero, a revisar la avería.
Es muy mañoso, no como tú, que no sabes clavar un clavo.
Joaquín apaga la luz roja de la pequeña lámpara que tintinea medio fundida, tratando de dormir mientras murmura muy bajo…
– ¡A las mujeres no hay quien las entienda!

Aurora Abad.