La amiga de Belén
Gregorio Guerrero | GGO

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Cuando Belén me dijo que quería que conociera a una amiga de ella, no esperaba nada. En general nunca me habían gustado sus amigas. Pero cuando me metí al facebook a ver de quién se trataba, me dí cuenta que esta vez la situación era otra.

Carla era linda, o así parecía en las fotos. Y era intelectual. Bah, tenía una carrera universitaria completa y un trabajo, lo cual ya era una mejora considerable a cualquier otra amiga de Belén. Tenía un puesto político de funcionaria que había conseguido por unos contactos en el PP, y era vegetariana. Esa era toda la información que tenía.

Cruzamos algunos mensajes rápidos, y al final quedamos en cenar en mi departamento porque era la opción mas cómoda para todos. Belén, Carla, y un amigo que yo sumé a la ecuación para generar la igualdad de condiciones. Nuestros chaperones iban a disfrazar de doble cita una velada que estaba enteramente pensada para Carla y para mi.

Esa tarde fui a comprar las verduras más frescas que encontré con la idea de cocinar un salteado con arroz al vino blanco. No conseguí setas shiitake así que me tuve que conformar con champignones. Daba un poco igual porque este plato no era mi especialidad, aunque siendo honestos, nada lo era pero quería lucirme. Corte todos los ingredientes según lo que el tutorial de YouTube me indicó, y dejé todo preparado para cuando llegaran las visitas. Se iban haciendo las ocho y media, y el primero en llegar fue mi amigo, Ramiro. Diez minutos más tarde, iban a llegar las dos chicas juntas.

Cuando entraron, lo primero que noté fue la altura de Carla. Me resultó gigante, pero mi metro sesenta y nueve no se dejó intimidar por algo tan básico, y la saludé con un beso en la mejilla. Tenía la mejilla muy suave, y contrastaba con su cara de persona curtida. Me preguntó si podía fumar, le dije que si, siempre y cuando fuese en el balcón, y que se pusiera cómoda que ya le alcanzaba un cenicero. Salió junto a Belén, y la pude ver a través de la cocina. Sacaba un paquete de tabaco de su cartera, junto a los papelillos, y armaba un cigarro, mientras sostenía en su boca un filtro. Blanco e impoluto, colgando de sus labios rojos, gruesos.

Serví cuatro copas de vino del mejor Tempranillo que había encontrado en el mercado de la esquina de mi casa, y salí al balcón yo también. Cuando me miró, la vi estudiarme, y sentí como se me apretaba el estómago. Pero también me sentí confiado. La noche estaba empezando, y yo sabía que si no era hoy, iba a ser pronto.