979. LA AUDICIÓN
Alberto Calleja Fernández | Marcus Sobrio

8:00 am. En unas horas empieza la audición y aún no tengo el texto. Creo que salir de fiesta la noche anterior con mi representante no fue una gran idea.
Después de un café rápido y con una resaca de campeón, a mitad de camino del teatro tropiezo con Silvio – ¿Dónde vas loco? Iba a tu casa con el texto y te encuentro corriendo en pijama ¿estas bien? Efectivamente, no me había vestido. Él me cogió por el brazo y entramos en la primera tienda de ropa, no paraba de decir lo importante que era la audición.
En el del teatro, Silvio se despidió apresurado. Un guarda indicó donde debía ir. Me sorprendió no ver a nadie en la sala de espera. Me senté y empecé a leer el texto.
Al levantar la cabeza la sala estaba llena y vi como todas las miradas se dirigían a mi. Me había dormido y la cremallera del pantalón de aquella tienda de segunda mano, se había roto dejando todo al aire. Una chica muy amable se acerco, me ofreció unos imperdibles que sacó del bolso y sin quitar su sonrisa burlona me dijo. –¡Enhorabuena campeón! Con los nervios, los imperdibles acabaron por el suelo y al querer recogerlos rápidamente, ¡rash!, la costura del pantalón. Colorado y sujetándolo como pude, me fui al servicio. Estaba terminando de poner los imperdibles cuando oí mi nombre. Gritando a pleno pulmón, les digo que voy. Con los papeles en la boca, dando saltitos, me apresuro hacia mi presentación cuando al colocar el último imperdible, ¡aaargh!, se clavó justo ahí.
Con lágrimas en los ojos, el texto hecho una bola y la mejor sonrisa en mis circunstancias me preseneté.
Había olvidado el texto. No sabía que hacer. De los nervios, noté un retortijón que descompuso mi rostro. Ya sabía lo que tocaba ahora y escapar al servicio no era una opción. Concentrado en lo que se me venía empecé a encogerme y agacharme haciéndome una bola, apretando las nalgas con todas mis fuerzas. En ese instante uno de los directores de casting se levanta entusiasmado. –¡Genial! Suficiente muchacho. Me encanta esa expresividad y el dolor con cada parte de cuerpo. No había terminado los vítores, cuando caí y el pantalón se abrió en dos, una avalancha marrón apestosa llenó el escenario. Avergonzado me levanté con tan mala fortuna que patiné cayendo de cara sobre aquello. Cabizbajo, mal oliente y semidesnudo, con los restos del pantalón en la mano, salí hacia casa.