486. LA BALA QUE HABÍA ESQUIVADO.
Alicia Marquina | Alikind

Como todas las grandes historias, o tragedias mundiales, la mía empieza mal, muy mal, o por lo menos para mí, que soy la que me sufro. En una semana me habían despedido de un curro de mierda, que me encantaba; y mi ex me había echado del piso, ella también me encantaba, pero andaba en la mierda.
El curro era literalmente mi pasión, para lo que había estudiado, eso que sabes que es tu ikigai, que tus colegas te dicen “sabía que terminarías ahí” y todas esas cosas que te señalan que tu lugar en el mundo es ese. Aunque te paguen mal y hagas horas como un cafre. Trabajaba en una cuadra, limpiando estiércol de caballo y preparándolos para que los jinetes y amazonas los montasen.
Yo que siempre he sido muy princesa Disney, muy de telenovela de sobremesa, esperaba que mi mujer ideal viniera cabalgando a por mí y me sacara en volandas de las cuadras, y me llevase, melena al viento, hasta su mansión en la playa.
Pero los planes salen siempre justo al revés, y mi amazona tenía pavor a los caballos, y vivía en un tercero sin ascensor con dos compañeros de piso, que si bien no eran de telenovelas colombianas, sí podrían haber salido de la serie Narcos.
La hípica me gustaba, me permitía ver el amanecer cada día con unas vistas envidiables, y en invierno, cuando quitaba el hielo del pavimento, lo mejor del día era cuándo mi jefe me traía un Cola-cao caliente de maquina.
Trabajar con animales es una de mis cosas favoritas en la vida, porque ellos son todo amor, son 300 kilos de amor, que en peso muerto y sobre tu pie derecho (porque el izquierdo solo lo usas para dar el primer paso de la mañana) se convierten en dos semanas de baja, hueso roto y menos ceros en el banco.
Pero mi novia no me dejó por estar en casa sin hacer nada, eso le gustaba. Le tranquilizaba saber que había alguien que se moviera menos que ella un lunes por la mañana después de la resaca del fin de semana.
Así que, con el pie recuperado, la maleta en el coche, junto a las botas de equitación, me fui a ver a mi pitonisa de confianza. Esa señora de turbante blanco y guante, también del mismo color, que me daba los mejores consejos de mi vida.

– Ali, te sale todo perfecto, la rueda de la fortuna, el amanecer, el mundo…- me dijo sin titubeos, cucando un poco el ojo derecho como hacía mi abuela antes de insultar a alguien. – Te veo con nuevos comienzos, viajando, mudándote, conociéndote a ti misma…
– Ya…, pero yo quiero una casa propia, una tarrina de helado vegano y una suscripción a Netflix de por vida. – Pero no, me tocaba trasformación, nuevos proyectos y un gran amor por recibir.

Me fui a casa cabizbaja. Desanimada. Y cuando llegué, vi una bala en el suelo. La que había esquivado.