888. LA BUENA AMIGA
Jaume Escursell Olaya | Delta

Cuando Eloísa mató a su buena amiga Joana y luego se suicidó, se podría deducir sin temor a equivocarnos, que no había disfrutado de su mejor día.
Se conocieron en las clases de pilates del Gimnasio femenino Eurosílfides y se hicieron buenas amigas. Incluso cuando murió la madre de Eloísa, Juana asistió al funeral y, meses después, cuando aquella compró un apartamento cercano a la calle Pineda, donde vivía Juana, esta también se ofreció para ayudarla en la mudanza.
El día del traslado, a medida que abría las cajas en su nuevo piso, Eloísa echó en falta la urna azul de cerámica donde reposaban los restos de su madre. Era extraño, nadie sabía nada, ni su amiga, ni los transportistas, ni la portera.
Cuando Juana llegó a su casa después de tanto ajetreo, abrió la mochila y sacó aquella preciosa jarra azul de cerámica de la que se había prendado ¡Joder, estaba llena de cenizas! Le pareció indigno echarlas al cubo de la basura e incívico tirarlas a la calle por el balcón, así que se fue a la cocina, abrió la ventana del patio de luces donde estaban los tendederos y las echó por allí desde su sexto piso. Volvió al salón y colocó la pieza encima del aparador.
Unos días después, Eloísa pasó para recoger a su amiga camino del gimnasio.
–Ayyy, espera en el recibidor. Tiendo cuatro cosas que tengo en la lavadora y nos vamos.
Mientras Juana entraba en la cocina, Eloísa creyó divisar al fondo del pasillo, la preciada urna con las cenizas de su madre encima de un aparador. Andando con sigilo, llegó hasta la sala, destapó la urna y… dentro no había cenizas, sino que estaba llena de bombones Ferrero Rocher. Hecha un basilisco, entró en la cocina, empujó violentamente a su amiga que seguía tendiendo y la precipitó por la ventana del patinejo, mientras desgranaba esta razonada argumentación:
–¡Zorra, zorra, zorra! –Y se quedó en estado de shock.
Quince minutos después, la policía aporreaba la puerta del piso. Esto la hizo reaccionar de golpe y percatarse del alcance de lo que había cometido ¡En un instante de ira, había destrozado su vida! Consciente de ello, intentó tirarse por el balcón de la sala hacia la calle, pero como siempre había sido muy vergonzosa, prefirió la intimidad del patio de luces, mucho más discreto. Escampó los bombones por la alfombra, agarró la urna de cerámica contra su pecho y se lanzó por allí. Abajo, en el suelo, quedaron los dos cuerpos, uno encima del otro y, la tortuga que tenían los dueños del bajo, aplastada, pues su “spring” no bastó para esquivar la jarra de cerámica. El juez de guardia certificó las muertes y ordenó el levantamiento de los tres cadáveres.
Una semana más tarde, se publicaba en internet el anuncio de una inmobiliaria: “Se vende bonito piso planta baja bien comunicado de 80 m2 en la calle Pineda, que dispone de una terracita interior muy agradable y tranquila de 16 m2.”