659. LA BUENANUEVA
Marité Romero López | Rosmerta Escribana

¡Mare! ¡Mare! ¡Ábreme el portalón!

¡Hija; Susa! Que son esos estruendosos golpes, ¿qué no funciona el timbre o qué pasa?

¡Qué timbre, ni timbre! Estoy que no quepo en la corsetería de tanto regocijo y alegría que traigo. Por fin mi Domingos es presto a dar el paso y me ha pedido hincando su noble rodilla, ¡qué nos casemos!

¡Mucho me maravillo! ¡Qué me da vuelco el corazón y todo! Y a estas edades no es cosa buena, pero si buena es tú noticia. ¡Traigamos los longueirones más largos y los ahumados de la alacena, y sirvámoslos con la mejor hidromiel para celebrar tal recompensa! Hija mía, en todo has tenido buen tiento, a mis años te voy a ver casada y feliz, llena de alhajas, que no son baratas, bebiendo buenos fermentados, luciendo sonrojadas tus mejillas que bien lucen llenas de vida aun siendo cuarentona y sin necesidad de ponerlas al sol. Bajare esas faldas que las sigues llevando cortas y las baronesas visten más de fino que de pueblerino, suerte tienes de que aun puedas lucir vestimentas de buen combino.

Rosmerta era una mujer humilde, de vida austera, pero con ansias de vivir una vida que jamás había catado. La tradición familiar y la vida de campo había sido siempre su sino. La alegría de Rosmerta era poder ver a su única hija viva de diez, casarse por fin después de un matrimonio fallido. Y es que la muerte acompañó a esta vieja desde temprana edad, porque al nacer murió su madre, al perder la pureza murió su padre, al nacer su primer hijo murió su esposo y al nacer segundo hijo murió el primero, y así sucesivamente hasta que por fin vio como pasaba el tiempo y este mantenía viva a su última y única hija, Susa.

¡Madre que pronto llegaste!, mira lo que tengo, mira, mira… Antoíño sostiene un escarabajo pelotero que se ha agarrado a su dedo como engrudo.

Antoíño, suelta eso y lávate las manos, ¡no seas gorrino! Y ven a darme un abrazo que tu mama se casa al fin, con Domingos, gran señor y heredero dos Moscoritos ¡Por fin voy a ser la señora de alta alcurnia que tanto he anhelado, pues soy hermosa y agraciada, tengo gracias más de mil, y bien que me lo he trabajado!.

– Si, hija mía, te has llevado todas las gracias de todos tus hermanos muertos, que Dios nuestro señor los tenga en su gloria, pobrecitos míos.

Preparativos celestiales y de gran nobleza sobrevinieron en los días, semanas y meses posteriores. Lustrosos días e iluminadas noches se llenaron de música y gente prodigando alegría en un gran banquete con toda suerte de alimentos, sin dejar de lado los melosos dulces. Quién iba a decir que aquella chica de mejillas sonrojadas que correteaba por los caminos polvorientos de una casa humilde en ciudad Dugium, iba a ser la próxima baronesa de un gran imperio.