636. LA CAMINATA
Joaquin Manuel Cuevas Ortiz | El Capitán Veneno

Entre las numerosas andanzas y peripecias acontecidas en la existencia de El Capitán Veneno, una de las más surrealistas y excéntricas ocurrió cuando en apenas 48 horas acudió por vez primera a una manifestación y durmió en los calabozos policiales. Ambas experiencias fueron sentidas con igual intensidad aunque la primera mucho más agradable y gratificante que la segunda. La manifestación se convocó en la ciudad vecina, los motivos reivindicativos no estaban muy claros pero se gritaron bien alto y con eso valía, se desarrollaba de forma pacífica y amistosa hasta que los más asilvestrados metepatas comenzaron a destrozar mobiliario urbano allá por donde pasaba la multitud concentrada. Las cargas policiales; se sucedieron una tras otra porras en alto de forma eficaz y contundente, dispersando a la muchedumbre concentrada que huía despavorida en todas direcciones, antes de que pudiera darse cuenta el capitán veneno se encontraba en el interior de un vehículo policial camino de la comisaría.

Con las primeras luces del alba que anunciaban un nuevo día, el policía de guardia abrió la celda del Capitán Veneno poniéndolo en libertad e invitándole a no volver a meterse en problemas. El Veneno le fluyó al Capitán y se revolvió contrariado ante semejante trato descortés y vulgar hacia su magnánima persona, de forma altiva y soberbia se encaró al policía exigiendo saber si podía elegir entre huevos revueltos o a la flamenca para el desayuno. La indignación del Capitán Veneno aumentaba de forma exponencial con cada carcajada del agente de la autoridad, no cesó de reírse hasta que lo acompañó a la puerta de la comisaría y sorprendentemente no le dieron nada de comer para el desayuno.

El Capitán Veneno había tocado fondo; se encontraba a unos 150 kilómetros de su domicilio, con apenas unas monedas en los bolsillos como todo capital disponible, sin querer usarlas para llamar a casa ya que no quería alarmar ni preocupar a sus padres, pero tampoco informarles de su ya importante retraso, y un gran boquete en su estómago le recordaba a base de punzadas que no había cenado ni desayunado. El Capitán Veneno hizo lo único que podía hacer, y fue comenzar a caminar. Durante horas y horas con la mirada fija en el horizonte, sus pies sólo se detuvieron cuando se desmayó y tuvo que ser resucitado por el agua y las viandas ofrecidas por una compasiva y humana familia que viajaba en autocaravana. Animado por el refrigerio e iluminado por la bondad humana ,se tumbó en el arcén simulando estar desmayado para que algún vehículo se detuviera y el conductor se ofreciese a llevarlo. El primer automóvil que se detuvo interesándose por su estado, le ofreció amablemente a llevarlo, entonces El Capitán Veneno se levantó como un resorte y dando las gracias de forma efusiva comenzó de nuevo a caminar, se marchó pensando que tenía un 50% de posibilidades de acertar con cada simulación de desmayo.

Fdo. El Capitán Veneno