54. LA CAMPANA
Roberto Moralo Arroyo | Perico Periquete

Tocaron la campana tres veces en quince minutos. No aguantaba ni cinco minutos por cita.
Entiendo que la primera chica la tocara. Derramé la copa de vino en su bolso de Channel. A la segunda no le hizo gracia mi chiste sobre judíos, pero no tenía manera de saber lo de su bisabuelo. Pero la tercera… ¡No hice nada!. Fui educado, escuché, me mostré carismático…Solo le pregunté si tenía pene. No es que me fuera a echar para atrás pero es que me mataba la curiosidad. No me dio tiempo a explicárselo, tocó la campana y se marchó.

Sentía que Cupido me odiaba, que jamás conocería a mi media naranja y que el amor no estaba hecho para mí. Y eso que yo solo quería follar. Lleno de emociones contradictorias pensé que ese era el problema, desde que estaba soltero solo pensaba en sexo. Cambié mi estrategia y pensé que quizás sí podía encontrar el amor (y echar un polvo). Para ello me inventé mi vida en cada cita. Así si le gustaba a alguien sería por mostrarme tal y como soy: un mentiroso compulsivo.

Me senté con una chica a la que le dije ser rico y viajar en yate. Resultó ser súper hippie, también le gustaba viajar pero en autocaravana y amaba a los animales. ¡Como yo! Pero ya no podía confesar. Así que para encarrilar la cita re-inventé que renuncié a mi vida de rico, doné todo a la caridad y que ahora vivía en un minúsculo estudio en Lavapiés con catorce gatitos recogidos de la calle. Me miró como si yo fuera uno de esos gatitos.
Campana.

En la siguiente cita me inventé que había sido actor porno y por casualidad la mujer que tenía en frente también lo había sido. Por un momento hablamos de sexo explícitamente pero cuando ella comenzó a usar más palabras en francés que en castellano me cohibí de tal manera que le maticé: “He sido actor porno…de doblaje. Solo traducía las frases y los sonidos guturales. Aunque12 de mirar algo se aprende, ¿no?”
Campana.

Luego me tocó con una chica que podría haber sido mi hija. En seguida me pidió el número de teléfono y creí que todo iba sobre ruedas. Quería hablar por WhatsApp porque se sentía más cómoda. Fue al baño y al rato la camarera me dijo que se había marchado y que lo colgó en su estado para avisarme.
¿Campana?

Citas, citas y citas.
Para mi sorpresa la mujer que ahora se sienta enfrente es doña Sagrario, mi ex-suegra. Nos miramos largo rato en silencio. “No vamos a ser maleducados” pensé. “Tomaremos un vino, hablaremos de cosas baladíes, dejaremos pasar un tiempo prudencial y… ¿Se está estirando o me está tocando el paquete con el pie?”.
La señora sonreía al joven que tenía enfrente mientras le guiñaba un ojo. Campana. Campana. CAMPANA.