1528. LA CANCIÓN DEL CARAMELO
Javier Fernández | Chanclas

La canción del caramelo

El “caramelo” no era un tío tan dulce como su apodo indicaba. Se ponía en la esquina de la ONCE, al lado de la estación de autobuses. Era el lugar idóneo tanto para los que ya estaban ciegos como para los que se iban de viaje. Desde pequeño me fascinó por sus espectaculares bailes y por interminable cola de gente que se acercaba a verlo.

Tenía el cabello corto, una perillita incipiente, con más pelo en las orejas que en el bigote. Su cabeza cilíndrica estaba apostillada por una nariz ganchuda y subrayada por un perpetuo cigarro en la boca. El conjunto, envuelto en humo, le confería un aspecto de tetera. Su cuerpo sinuoso, algo rechoncho, con un componente neumático en la parte baja de la cintura -flotador incorporado, hula-hop de carne, meneo que no cesa, el orgullo del barrio de San Andrés-, tenía a la gente loca.

¿Quién no quería ver bailar al “caramelo”?

Al menos era lo que yo pensaba, yendo todos los días al instituto, pasando por su lado, examinando con mis ojos adolescentes a los cinco o seis parroquianos que esperaban otro pase. El caramelito siempre estaba allí, con su mirada indiferente, al principio marcando el ritmo, luego agitando imperceptiblemente la cadera, más tarde hasta moviendo las manos para transportar de una mano a otra una bola invisible o directamente sacudiendo la cabeza al ritmo de un guitarreo rockero que atronaba su cabeza.

Lo más absurdo de todo es que nunca supimos qué escuchaba, pues jamás compartió su música. Llevaba unos auriculares negros enormes. Redondos, acolchados, con una banda metálica a modo de diadema, como el asa que agarrase un dios menor, para servir, en forma de lluvia, el humo que traía consigo. Esos cascos desembocaban en un viejo reproductor de CD’s de considerable tamaño. Quiero pensar que sólo podría tener unas diez o doce canciones, pues todavía andaban lejos los MP3s y otros sistemas de sonido.

Un día me puse a la cola, para intentar hablar con él y formar parte del milagro. Quería descubrir la melodía que lo hacía girar, deslizarse y surfear las interminables horas que yo me pasaba aburriéndome en clase, disfrutando como si no hubiera un mañana en el desierto de tedio de nuestra ciudad. Cuando quedaban tres personas me puse nervioso. No sabía cómo dirigirme a él, ni siquiera tenía muy claro lo que estaba haciendo en ese lugar. Escuché a los de delante pedirle “tres posturas” y cada vez entendía menos. Lo mismo aceptaba peticiones de bailes, servicio a demanda. Lo imaginé haciendo las más fáciles: el Cristo, el Egipcio y el Misionero. Cuando llegó mi turno descubrí que el compartimento de las pilas estaba lleno de marihuana y polen, el néctar más dulce del Mediterráneo.

Un par de años más tarde, cuando con los colegas montamos una banda de punk con más ganas que talento, le compusimos una canción. La música la copiamos descaradamente de otra más famosa. La letra contaba esta historia.