96. LA CARNE ES DÉBIL
Francisco Javier Guerra del Río | Giacomo Negroponte

— ¡El niño es santo! Quitó a Flora los dolores de artritis y anda trotando como una mozuela, ¡a su edad! Hoy vendrá la Felisa, por el bulto que le salió en el pecho. Verás cómo se lo quita. Tendrá que hacerlo sin tocarla: no parece apropiado que el niño, que ya tiene pelusilla en el bigote, le manosee las tetas a la Felisa, no vaya a ser que la carne me lo corrompa. También vendrá el señor cura: le expliqué a don Ataúlfo lo de la Felisa y se ofreció como notario del milagro.
—Necesitaré examinar motu proprio el mencionado bulto —expone don Ataúlfo con indisimulado entusiasmo—y comprobar que ha desaparecido, y que se obró el prodigio. Extremo que habré de certificar, no solo con la confirmación de la vista, sino también, muy a mi pesar, con la palpación del susodicho seno, Estoy dispuesto a hacer el sacrificio para dejar constancia de que la excrecencia maligna ha remitido o, en su caso, desaparecido por completo.
—Perdóneme su paternidad, pero me sentiría más cómoda si la exploración la hiciera el doctor.
—Hija mía, la ciencia y la fe siempre andan reñidas. Debe ser un representante de la Iglesia el fedatario—explica don Ataúlfo, a quien le cuelga, como una estalactita, un hilillo de saliva de la comisura de la boca.
Como el niño señala que a distancia no podrá curarla, ceden entonces a la imposición de manos.
La Felisa se desabotona la camisa y, al sacarse el sujetador, bambolean dos turgentes pechos coronados por violáceas aureolas.
Babea el señor cura y se le cae la ceniza del puro sobre la sotana en donde se aprecia otro bulto sospechoso, casualmente justo en la zona que se correspondería con sus partes pudendas, pero que habrá de ser—¿ quién lo pone en duda?— una caprichosa arruga conformada por el drapeo de la talar vestidura.
El niño se lanza a los pechos como un león sobre una gacela; lo mismo se puede decir de don Ataúlfo que, cuando le llegó el turno, magreó las tetas como si lo hiciera lascivamente.
La Felisa aclara que el pecho que ahora está sobando, no es el afectado y argumenta don Ataúlfo que solo quería cerciorarse de que no albergara tumoración alguna.
Don Ataúlfo certifica que ha notado una considerable mengua en el bulto.
— ¡El niño es santo!—proclama la madre.
—Tiene el don de la sanación—dice don Ataúlfo—. Con su don y con la verificación de las sanaciones por mi persona en calidad de ministro de la iglesia, emprenderemos una piadosa misión. En la próxima homilía Instaré a todas las mozas del pueblo a que se sometan a idéntico proceso como medida profiláctica, para detectar y eliminar, en su caso, el zaratán que el maligno haya podido ocultar en sus pechos o en cualquier otra parte del cuerpo.
El niño sonríe. También lo hace don Ataúlfo, y si no supiéramos que son dos espíritus castos y virtuosos, podríamos llegar a pensar que las sonrisas son lujuriosas.