50. LA CARRERA
MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ DE LA FUENTE | CARNIFRESNO

Llevábamos unos diez minutos corriendo. Recuerdo cómo tus labios trataban de formar las palabras mágicas: “Para de una puta vez”. Sin embargo, no pude por menos que lanzarte un beso de aliento y acelerar un poquito.

Entrenamos casi a diario, pero nunca había sudado tanto. Sería por los cambios de ritmo, por la práctica del zigzagueo repentino o porque los termómetros de Pucela habían superado los tres grados por primera vez en muchos días.

Es verdad que el recorrido no era el habitual; normalmente ocurre que, cuando varías una ruta, ésta se hace más larga. A mí me pasa lo contrario: suelo cambiar el camino a menudo porque me aburro de ver siempre lo mismo.

Esta vez, comenzamos en San Juan. Bajamos por Renedo, cruzamos Luis Braille y cogimos Gabriel y Galán. Doblamos la esquina del Caja Laboral hacia el Paseo del Cauce. Allí se nos abrieron un sinfín de opciones: hacia el frente, por el carril bici –los adoquines rosas y blancos estaban atestados de viandantes de la tercera edad-; cuatro o cinco calles a la izquierda, algún puente a la derecha.

Decidí continuar recto unos trescientos metros. Atravesaste la Esgueva detrás de mí; intuía un acezo cada vez más acelerado; giré la cabeza y te sonreí. Te faltó tiempo para hacerme un corte de mangas, ése que casi te cuesta la salud craneal cuando tu hombro se enredó en aquel árbol.

Se me estaba haciendo divertida la marcha. Cuando corro, me imagino protagonizando videoclips mientras tarareo algún temazo de Triana. Teniendo en cuenta tu actitud, la banda sonora de esa carrera debió ser ‘Tu frialdad’.

Me seguiste a ritmo, como el pirata inglés al navío español por los mares de la calle 12 de octubre. En ocasiones me sentía zapateando delante de un morlaco por las avenidas de mi pueblo. Qué careto, hijo.

Alcanzamos pronto el estanque del Campus Miguel Delibes. Espantaste a los patos con tus repentinos gritos. Hasta yo habría preparado mi propia desbandada si hubiera sabido que venías con esa actitud.

No me dio tiempo a avisarte de que, junto a uno de los bancos, el suelo estaba un poco levantado. Ahí abandonaste –abandonamos- el atletismo por una larga temporada.

Tras observar tu aparatoso aterrizaje sobre el desvencijado suelo, volví a posar mi mirada en el campo de visión frontal y todo se fundió a negro.
No recuerdo si me apretaban las esposas, pues el golpe que me di contra tu compañero, más esbelto y fornido que tú, propició mi rebote, mi caída y mi posterior leñazo en la nuca.

He preguntado por ti y por aquellos patos que volaron. Aquí, en preventiva, nadie suelta prenda. Sí me ha comentado mi abogado, un recién licenciado que me han asignado de oficio, que por atraco a mano armada pueden caerle al acusado unos cuantos años a la sombra. Al final, me van a juzgar antes que a los Botín por el mismo delito. Y eso que yo empecé mucho más tarde en el negocio.