La Carta
Evelio León Ortega | Evel

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Quería competir creativamente con los negocios de mi calle y coloqué un buzón de cartas de amor anónimas en mi café bohemio. La idea se me ocurrió luego que mi madre le reprochara a mi papá que ya no le escribía cartas como cuando eran novios.

Entonces, con un cartón de mensajería, construí el buzón y le anuncié a mis clientes que yo me encargaría de entregar sus cartas anónimas acompañada de un café. Me vendí como mensajero silencioso de palabras. Palabras que a veces las personas no se atreven a expresar cara a cara.

La voz comenzó a correr y en pocas horas el buzón estaba lleno.

Solo que no preví un pequeño detalle. La nueva labor hacía que estuviera trabajando hasta la madrugada y en ocasiones llegué a descartar sobres que no entendía a quien estaban dirigidos o porque mis ojos se cerraban del cansancio.

Un día vi una donde se leía -PARA TI-. La curiosidad me invadió de inmediato. No podía creer que alguien hubiera usado mi estrategia de marketing para llamar mi atención.

Esa noche, al llegar a mi cuarto, rasgué con mucho cuidado el sobre. Leí:

«Cada día que paso a tu lado es un regalo. Cada café que me sirves llena mi pecho de amor».

A pesar de lo cursi que me parecieron las líneas, mi corazón empezó a latir rápido ¿Quién podría haber escrito aquellas palabras?

Empecé a repasar en mi mente a todas las personas que conocía. ¿Sería una amiga? ¿Sería una cliente o una de mis compañeras de trabajo? Recuerdo que olfateé el papel varias veces intentando reconocer algún perfume y con ayuda de las comandas comparé las letras de mis camareras ¡Ninguna pista!

Fue cuando decidí enmarcar la carta y colgarla en la única pared de ladrillos de mi local, y de vez en cuando, me sentaba en una mesa cerca de ella esperando a quien la escribió me sorprendiera.

Esa mesa comenzó hacer mi rincón preferido. Desde ahí mis ojos se abrieron a los detalles que antes pasaba por alto y sin pensarlo mucho comencé a modificar el espacio.

Redistribuí las posiciones de las mesas y rediseñé la iluminación para que la intimidad fuera esencial. También pedí otro diseño y un nuevo color para nuestros uniformes. Además, descifré las letras de las cartas de amor obviadas anteriormente para que llegaran a su destino ¡Ahora sí era un mensajero de palabras! Un mensajero que seguía con una gran incógnita sin resolver.

Hoy, sentado en mi lugar favorito, sentí como alguien se acercaba desde mi espalda.

– ¡Ves lo bonito que es recibir una carta de amor anónima!

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

– ¿La escribiste tú?

– No valía que solo fueras Cupido.

– ¡Cupido, con ojeras! – respondí riendo.

Y mientras abrazaba a mi madre veía como mi pequeño café se había convertido en un lugar lleno conexiones inesperadas. Aquella carta de mi madre había logrado redescubrir la magia y la ilusión de hacer todo como la primera vez.