1073. LA CARTERA DE CUERO REPUJADO
Gustavo Eduardo Green Sinigaglia | Jueztedín

Se juramentó que algún día iba a ordenarla; su enorme cartera de cuero repujado.
En realidad llegó a esa decisión pues ya no le quedaba un mínimo espacio por
ocupar y más que nada considerando que el peso iba a terminar limando su hombro.
Comenzó de madrugada, para poder utilizarla en la gala artística a la que acudiría en
la noche. Esas veladas a las que concurría con su esposo de manera impostergable.
Encuentros corales, ballet, ópera. Precisamente en una representación de La Flauta
Mágica fue cuando su marido la abandonó, en el segundo acto (lo recuerda bien),
cuando Papageno pierde a su amada.
Creí que había ido al baño. Lo esperé hasta que un ordenanza me comunicó que
estaban cerrando el teatro. Nunca más lo vi. -rememora.
Desde entonces ella continúa asistiendo al mismo palco, con una butaca desocupada
a su lado.
Tomó sus precauciones antes de comenzar a vaciar la cartera, primeramente juntó
la mesa del living con la del comedor y la de la cocina, y les adosó la plegable
del hall. Por las dudas arrimó la mesita de luz.
Tres cepillos de pelo fueron lo primero en aparecer, le siguieron los anteojos de sol (los espejados, los de carey y los redonditos), los de leer, los de ver de lejos y los de ver de no tan de lejos. Sobre las mesas iban descansando objetos que aparecían después de años de ostracismo y oscuridad.
¡Las cosas insólitas que guarda una mujer en la cartera! Con las piezas obtenidas
se podría conformar el museo de la propietaria de la misma.
La foto de su primera comunión; una espiral ahuyenta mosquitos; la correa del fiel
Simón; una boleta del partido Radical; cartas de amor, de desamor, de póker, cartas
documento; llave del candado de una bicicleta (la que le robaron en 1967); un billete de lotería (del que nunca chequeó su suerte); el tomo seis de la Enciclopedia Británica; el test de embarazo de su primera hija; un long play de José Feliciano;; la foto del bisabuelo de la hermana de la vecina; el primer diente de leche de Martincito; el taco roto del zapato de charol; la entrada al Italpark.
Cada hallazgo era un recuerdo: el tocadiscos portátil (donde sonara “Lisa de los ojos azules”) remitía a su primer novio; una máquina de escribir eléctrica recordaba su paso por el Ministerio del Interior, la reposera colorida rememoraba las vacaciones en Mar Azul; el banquito tambero evocaba a la abuela Minga.
Estirando su mano tanteó el fondo, la textura de una prenda suave hizo que una lágrima brotara de sus ojos y recorriera su regordeta fisonomía. El abrigo de su marido comenzó a asomarse, la música de Mozart parecía ocupar todo el ambiente.
Ahora lo recuerda, lo último que vio de él fue su esmirriada silueta tratando de
quitarse el abrigo para que ella lo guardara en su cartera. Doce años después, el abrigo de su esposo se desplegaba sobre las mesas, con su marido dentro hecho cadáver.