295. LA CASA DE AL LADO
Gloria Algorta | Luisa Lane

Nos hicimos íntimos con Horacio y Mariela. Pasamos la pandemia comiendo pizzas en la casa de ellos o la nuestra. Horacio y Juan salían juntos a caminar y Mariela y yo conversábamos a través del cerco. Nos recomendábamos series y libros, teníamos los mismos gustos. Cuántas veces intercambiamos yerba, azúcar y hasta cogollos.
Y así, a través del cerco, me dijo un día Mariela que se iban a separar y se iban a fin de mes. Nos quedamos desolados. A la casa vacía le creció el pasto, se le murieron el cedrón y el jazmín.
Hasta que un día vimos el cartel de venta. Venía gente a ver la casa con Esther, la mujer de la inmobiliaria. No queríamos que nuevos vecinos sustituyeran a nuestros amigos.
Y entonces Juan me dijo un día:
—¿Sabés lo que tendríamos que hacer cuando vienen a ver la casa? Escándalo, mucho escándalo. Gritar, poner cumbias, decir groserías, salir en pelotas, algo así.
Nos reímos mucho, pero esa noche no dormí bien pensando en su idea. Mientras desayunábamos, le dije:
—No es mala tu idea de anoche. Difícil de actuar, pero ¿si lo intentamos?
* * *
Tomamos la decisión. No es fácil alejar a los niños de los abuelos, cambiar a Luca de guardería, y viajar a Montevideo 40 kilómetros de ida y 40 de vuelta. Pero pensamos que va a ser lo mejor para ellos. Crecer en contacto con la naturaleza.
Hoy fuimos a ver dos casas. La más linda es la primera. El problema son los vecinos, aunque Esther hizo lo posible para que no los oyéramos. Me aparté para espiarlos. Los vecinos son muy importantes en los suburbios.
Salió de la casa una mujer canosa, vestida con ropa manchada de hipoclorito y tierra. Mientras colgaba la ropa, prendió un cigarro que sostenía entre los labios para tener las manos libres. Llenaba de humo la ropa limpia y carraspeaba. Entonces se oyó a un hombre que gritó:
—Vieja, ¿me lavaste el calzoncillo azul?
—No estaba en el canasto.
—Te lo pedí por favor.
—No te oí. Además encontré un whisky recién abierto. ¡No son ni las once! No le pienso lavar calzoncillos sucios de caca a un alcohólico.
Salió un viejo desaliñado con el escurridor lleno de platos.
—Mirá lo que hago —dijo, desafiante. Cuando ella lo miró, lo tiró con fuerza contra el cemento, con las obvias consecuencias de vajilla hecha añicos, y volvió a entrar.
—¡Hijo de puta! ¡No te aguanto más, imbécil! ¡Me voy!
Tiró el pucho y entró. Seguí oyendo gritos y golpes y estaba por entrar para hacer una denuncia por violencia doméstica, cuando oí risas. Carcajadas. Y después, suspiros.
—¿Te dije que me calientan tus tetas, gordita sexy?
—Ponémela, viejo, ponémela, no me hagas esperar.
Me fui. Ni me acuerdo lo que dije. Y nos quedamos con la otra casa.
lo que dije. Y nos quedamos con la otra casa.