679. LA CASA, EL MUNDO
Martín Javier Evelson García | Armonio Sómero

Estoy en una casa muy amplia cuyas habitaciones son, sin excepción, consultorios psicoanalíticos. Aunque varían, en todas hay un diván negro, un cuadro enteramente blanco, una foto de Freud en un bosque y una gata negra durmiendo. Camino por un pasillo al que dan puertas entornadas. Empujo la primera y veo que Laura está recostada en el diván negro, acariciando la gata negra que duerme en su regazo blanco. Está contando una pesadilla en la que un señor en auto frena y le pregunta qué hora es, mientras se arremanga la camisa y en la muñeca tiene cuatro relojes con diferentes horas. En el sillón del analista, Cortázar fuma una pipa mientras se atusa la barba y dice: «Mmmh, relojes que dan cuenta de otros relojes y no del tiempo…», a lo que Laura responde que esa es una frase de Saer. Cortázar, ensimismado en sus cavilaciones, pregunta a media voz quién es Saer y, sin esperar respuesta, prosigue: «Es el opio del tiempo en sí mismo», a lo que Laura pregunta: «¿Y eso con qué lo relaciona?». Cortázar lanza una bocanada de humo azul que queda suspendida en el aire y asocia, taciturno, hasta que, enérgico, concluye: «¡Cronopios!». Laura dice que dejan acá por hoy y, antes que ellos, salgo de la habitación, nuevamente hacia el pasillo.
Empujo otra puerta entornada tras la cual Nicolás, desde el sillón del analista, le lanza proyectiles de papel con una cerbatana hecha con una birome sin tanque al paciente que, paciente, se resigna y da un trago a su petaca de ginebra. Me doy cuenta de que es Onetti cuando Nicolás le pide fuego y él saca un encendedor con forma de revólver mientras recita, en inglés, un pasaje de Intruso en el polvo, de Faulkner. A un costado, sobre el escritorio, una gata negra juega delicadamente con unos pimpollos puestos en agua. Salgo de la habitación, camino por el pasillo e ingreso en la habitación restante.
El diván está vacío. Sigo hasta el sillón y veo que sobre él hay una hoja. Mientras me siento, veo que en realidad es una lista de nombres en que todos son «Ana». A pie de página hay una pregunta: «¿Bromas o asombro?». En eso entra un paciente y se recuesta en el diván. Se despereza. Entonces le pregunto: «¿Cedes pereza?». Dice que sí e inmediatamente comienza a relatar un sueño en el que hay una llave que abre la puerta de una comisaría. El paciente ingresa en la comisaría y en el habitáculo hay una jaula dentro de la cual, muy apretado, sofocándose para respirar por la contorsión infinita, un cana ario.
Mientras escucho, un resplandor blanquecino anega el suelo del consultorio con luz cegadora, pero no me preocupa porque ahora, mientras cierro los ojos, veo las palabras del paciente. Entonces pienso que, lejos de entender todo, no entiendo, y que así está bien. Una gata negra salta y se acurruca en mi regazo. Sé que sueña con un bosque verde de árboles frondosos.