831. LA CASITA DE MIS SUEÑOS
Vanessa Gil | Vanessa Gil

Me disponía a enseñarle la casa de mis sueños a mi hermano Pablo. Mi hermano es un tío listo, analítico y con una paciencia algo limitada para aquello que considera inexplicable. Yo, por el contrario, soy una mujer apasionada, creativa y que puedo quedarme horas soñando algún montaje peliculero, como la llegada de marcianos atractivos y musculosos a la Tierra, que fecundarán al cien por cien de las féminas con su fascinante potencia sexual… y ¡Uhh!… Me estoy desviando.
24 de diciembre, todo el mundo iba nervioso de un lado para otro buscando ese ingrediente sofisticado para una perfecta cena navideña. Para mí era el día que cambiaría mi vida. Enseñaría la casa de mis sueños a mi persona favorita y con su opinión, quedaría todo visto para sentencia. Puse la música del coche a todo trapo y un Sebastián Yatra con su nuevo éxito Tacones Rojos, iluminó una atmósfera perfecta solo vilipendiada por los bufidos de mi hermano que no entiende el pop vintage.
Los minutos transcurrieron entre canción y canción. Y esos mismos minutos se juntaron para configurar una hora.
– ¿Se puede saber dónde está la casa? – Preguntó mi hermano con hastío.
– No te preocupes, ya no queda nada, según San Google Maps, el pantano San Juan está a diez minutos.
La carretera principal se fue desdibujando poco a poco y un camino extraño se abrió ante mis ojos. Una vaca pachona miraba con sonrisa malévola cada uno de nuestros movimientos. De repente, una cuesta embarrada se presentó de golpe ante mis ruedas delanteras. Llevo solo un año con el carné de conducir y esta era una prueba de fuego que avivó el latido de mi corazón. Me sentí un poco Carlos Sainz, y comencé a apretar el acelerador para que esta pesadilla de tortuoso camino diera paso a la casa de mis sueños.
– ¡Pero ¿qué haces?!- Gritó mi hermano, asustado por el inesperado salto de casi 60 centímetros que pegó el coche, mejor dicho, su coche.
Mis nervios arañaban las paredes de mi estómago, y me hacían tambalear los dos pies y la mano izquierda, pero no podía mostrar debilidad ante Pablo, sabía que la había cagado y arruinaría mi deseo de enseñarle la casa de mis sueños.
– Tranquilo Pablo, está todo controlado.
Frenazo de emergencia.
Otra vaca pachona a escasos centímetro del parachoques se presentó ante mí con aire burlesco impidiéndome avanzar.
– ¿Pero dónde narices estamos? – Gritó mi hermano desesperado ante el camino equivocado, el coche estropeado, la inamovible vaca pachona y mi risilla nerviosa prolongada las diez horas que estuvimos atrapados en el coche.
Dos de la mañana, Paquito, un simpático gitano con más recursos que la Pantoja, logró movilizar a la estúpida vaca, arreglarnos el coche y darnos unos bocadillos de chorizo y una Coca Cola para brindar por la “Dulce Navidad”.
Nunca vimos la “casa de mis sueños” pero sí hubo sentencia por parte de mi hermano:
– No te vuelvo a dejar el coche ni de coña.