343. LA CHICA DEL COCHE
Paula Armendáriz González | Paula Armendáriz

La noche había caído hacía ya unas horas. El coche avanzaba por una carretera desierta y sin luces. Pedro conducía cansado y deseoso de volver a casa; más al encuentro de su cama que al de su esposa. Había sido un día duro en el pueblo y volver al ajetreo de la ruidosa ciudad se le antojaba un sueño.
Un coche pasó de largo frente a él en la vía contraria, su luz iluminó el interior del cavernoso coche de Pedro. Tras él, en el asiento trasero, pudo vislumbrar una figura femenina a través del espejo retrovisor. Pedro notó como si un enorme puño oprimiera con fuerza su corazón. Se sintió paralizado por el miedo y volvió a dirigir su mirada al retrovisor. El coche ya se había ido y la oscuridad inundaba, de nuevo, su coche.
¿Seguía allí? Parecía que no.
Sonrió para sí mismo con vergüenza. Debía haber sido su imaginación. Estaba realmente cansado. Mil veces, volviendo del pueblo a aquellas horas, le había parecido ver a aquella mujer, pero nunca era nada.
Mientras se sentía estúpido por haber creído en historias de fantasmas sintió una caricia en su cuello que le provocó escalofríos. Otro coche cruzó en ese momento proyectando su luz sobre el coche de Pedro. Allí estaba ella, con su mano en el cuello de él. Sus oscuros ojos le miraban fijamente a través del reflejo del retrovisor.
Pedro sintió que le invadía el pánico como nunca antes lo había hecho. Era real. Estaba allí. El dominio de su cuerpo escapaba a su control por culpa del pánico. Ya no era capaz de conducir. No era capaz de respirar. No controlaba sus esfínteres. Una flatulencia escapó de su cuerpo sin solución. El coche, entonces, entraba sin control en la ciudad iluminada por farolas. La luz se colaba a raudales por las ventanas y vaciaba la oscuridad del coche.
La chica del coche se esfumó. Pedro pudo ver a través del espejo retrovisor cómo desaparecía ante su vista y sintió cómo volvía a ser, poco a poco, el amo de su cuerpo. Miró hacía atrás para asegurarse de que estaba solo. ¿Habían sido las luces lo que habían obligado a la chica a huir? No importaba. Ya estaba solo.
Cogió aire aliviado cuando notó la podredumbre en el ambiente. Un olor terrible aderezaba su coche. Recordó entonces el pedo que se le había escapado justo antes de que desapareciera la chica.
―¡Al final la clave es tirarse un pedo en el momento justo! ―exclamó contento mientras abría las ventanillas y recuperaba el aire.