La cinta amarilla
ASCENSION CAMARENAPIÑERO | MacKam

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Todo empezó con un sobre y un sello. Uno de esos que llevan la imagen de un pájaro con plumas de colores. 7 pesetas. 1985. Una carta dentro de un sobre amarillento, dentro de una lata gris con dibujos orientales, mezclada con botones de colores e hilos de la Dalia. Yo buscaba aguja e hilo negro para zurcir unos calcetines. Y allí estaba, doblada a la mitad, sujeta con una lazada de cinta amarilla con bordes de hilo dorado. La vi por primera vez el verano que fuimos a visitar a su padre, pero por entonces no era mi casa, y un cierto pudor había alejado mi curiosidad de ella sin darle mucha importancia. Pero cuando él se marchó, comenzamos a sacar las historias de los armarios y volví a caer en la cuenta de su existencia. Tenía una letra temblorosa, una caligrafía antigua pero aún hermosa, que en otro tiempo debió ser firme y hermosa. No tenía nombre ni dirección. Sólo unas palabras: «Si nos volvemos a ver». Estuve sentada en la alfombra manoseando los hilos de colores, haciendo filas con los botones, de grandes a pequeños, en gamas cromáticas. Había puesto en el tocadiscos una canción de Simon & Garfunkel que sonaba colorida, «Coo, coo, ca-choo, Mrs. Robinson Jesus loves you more than you will know Whoa, whoa, whoa…», como la cinta amarilla que rodeaba la carta. Y ahí seguía, dentro de aquel sobre, dentro de la lata, con su cinta amarilla. Estuve a punto de recoger y volver a colocar todo en el armario, pero una fuerza gravitatoria mantenía mi atención fija en ella sin poder evitarlo. Las niñas deshicieron las filas de botones de colores y los hilos terminaron esparcidos por el suelo mientras bailaban alrededor de la caja de lata. Terminé de zurcir el calcetín y decidí romper la intimidad de alguien a quien no conocía. Era imposible abstraerse de ese instante mágico que presagiaba una historia llena de nostalgia.

Solté el lazo amarillo, abrí el sobre, deslicé la carta al exterior y empecé a desplegarla. Una ráfaga de emociones me invadió. Era como en una primera cita. Mis pensamientos comenzaron a divagar, imaginando escenarios y destinos posibles para aquella historia inconclusa. Me sentí como una espectadora privilegiada de un amor que no me pertenecía. No sé cuánto tiempo permanecí sentada contemplándola. Me sumergí en la historia de aquel sobre, aquel sello y aquella carta. Comprendí que a veces las historias más apasionantes son aquellas que llegan a nosotros de manera inesperada, resonando en nuestro corazón y desatando emociones que creíamos perdidas.

Y así, con la música de fondo, tuve una cita con la magia de una historia de amor, agradecida por haber sido parte de ella, aunque solo fuera por un instante.