La cita
Cristina Kolodynski | Cristina Kolodynski

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Lo había visto pasar frente a mí en muchas ocasiones. Su paso ligero y el aroma que dejaba a su paso, cual estela, me incitaban a seguirlo con la mirada hasta verlo desaparecer entre la gente. Me impactaba el azul profundo de sus ojos y el contraste con el tono ceniza de su cabello. Dudaba de mi atuendo. Renegué de mi camisa y la cantidad de botones que tendría que desabrochar; mi falda, en cambio, facilitaría quitarme las bragas en un tiempo récord. El banco donde esperaba me resultaba incómodo y la hora indicada se acercaba lentamente, como si los segundos se negaran a avanzar y la espera se tornara infinita. Él no me conocía, pero yo sí; me habían hablado mucho de él. Conocía su nombre completo e incluso el tono de su voz. Sabía sus horarios de trabajo y lo que hacía los fines de semana, ya que su secretaria, sin tapujos, había respondido a todas mis preguntas sin tomar demasiados recaudos.

Mi pie tintineante evidenciaba el nerviosismo de mi cuerpo y mirar hacia el reloj abrochado en mi muñeca se convirtió en un tic nervioso incontrolable. Alisé nuevamente mi pelo con mis manos, metí un caramelo de menta en mi boca y sentí mis propios latidos acelerarse.

La demora por su parte prolongó mi agonía, pero de repente en un instante, al escuchar mi nombre retumbar en la sala de espera, lo supe: al fin me atendería mi nuevo ginecólogo.