LA CITA
Roberto Gómez Ruiz | María Sarmiento

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Ardía por ella. Cuando se vayan mis padres te aviso y te vienes un día a casa. Cartagena estaba en el punto de mira de sus padres y el mío, en su casa. Aquel comentario en boca de Nuria se me antojó como la propuesta sicalíptica que jamás me habían formulado.

En aquella época había cambiado el ordenador y era tan moderno que había problemas para la instalación de los periféricos viejos que ya tenía. Wallapop era un refugio para mis soluciones… A veces, la aplicación muestra una página miscelánea de anuncios. Una bicicleta estática, una colección de sellos, una cassette del Fari, un tamagotchi, una polaroid o un palomitón Payá… Pero cuando vi la oferta más íntima me conmovió: “vendo condones sin caducar por falta de uso”. Avelino. Como por un resorte mi cabeza voló hacia la casa tutelada de Nuria. Avelino tenía una excelente reputación como vendedor. Una armónica, una pitillera de piel y un cuchillo eléctrico le avalaban en los comentarios.

Realmente yo podía pasar por la farmacia pero aquello prometía morbo con cierto componente fetichista. Había algo de empatía y no poco de solidaria complicidad por mi parte.

Mantuve un breve chat con Avelino. Nos citamos en un bar de la calle Carretas. Corpulento, barbudo, taciturno, rondando los cuarenta y muchos. Dos volldamm fresquitas sirvieron para desbloquear la tirantez del encuentro. Me mostró la cajita, marca “La Llama”, la abrió y yo le objeté que no había premura. No obstante, comprobé, sin haber dudado, que su uso vencía a los siete meses vista.

En un ataque de condescendencia y con alentadoras palabras intento hacer ver a Avelino que aún había tiempo para la esperanza. “El destino nos sorprende a la vuelta de la esquina…”, continué, y con ridículas notas poéticas: “…yo había vivido largas temporadas de sequía y la lluvia de la suerte había hecho florecer los frutos del deseo”. Inclinando la cabeza, y algo molesto: no es mi caso, me replica. Y añade: yo sé lo que he vivido. Cuando ya había desistido de mi perorata porque veía que causaba en él tedio y disgusto, nuestra conversación derivó en el anecdotario sobre las curiosas ventas en Wallapop. También le relaté mis intenciones para con Nuria y las circunstancias sobre nuestro probable encuentro. Quizás demasiados datos……

Tras un momento distendido y unas segundas cervezas, Avelino, sorpresivamente, introduce en un bolsillo de mi chaqueta la cajita de “La Llama”. Y acercando su barba a mi oído: te los regalo. En un abrazo tan emotivo como agradecido formalizamos nuestra despedida. Pero creo que Avelino, dentro de su ruda presencia, despertaba ternura. Lo cierto es que nunca supe si los padres de Nuria viajaron a Cartagena o a Vladivostok y alguien relevó su ausencia. Y la mía. Tengo que estudiar mejor esa creencia de la magia en las transmisiones vitales del abrazo. Hoy contemplo con desazón “La Llama” extinguida. Ya han caducado.