LA CITA DE SU VIDA
Francisco José Marchante Cabrera | Curropepe

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Ángela llegó sudada, despeinada y disculpándose por su tardanza. De camino al restaurante había tenido un choque contra otro conductor que la había retrasado considerablemente, e imaginaba que, para cuando llegara, solo encontraría ya una mesa vacía. Sin embargo, ahí estaba él, risueño, como si le divirtiera verla en esa lamentable situación. «Lo bueno se hace esperar», respondió a sus disculpas, y su sonrisa disipó todas las dudas de la joven. Sus rasgos eran de esos que te cruzas mil veces, y mil veces olvidas. Su sonrisa, sin embargo, la atravesó como un rayo, transmitiéndole una agradable sensación de confianza. A pesar de ser la primera vez que veía al hombre, Ángela sintió que lo conocía de toda la vida, y se sintió tranquila, como en casa.

De entrante compartieron croquetas. La joven no podía creerlo, pero sabían exactamente igual que las que su madre, hacía más de veinte años, le preparaba. Se sintió de vuelta a su infancia, y habló largo y tendido de ella con su acompañante, que en todo momento la escuchaba atento, con un brillo intenso en sus ojos.

El principal, la pizza margarita, la pilló desprevenida. Tras el primer bocado, se vio a sí misma en Nápoles, hacía cinco años, degustando una de idéntico sabor, la mejor que había probado en su vida. Frente a ella, su entonces prometido le juraba amor eterno. Las lágrimas inundaron sus ojos al recordarlo, y su acompañante actual, sin hacer preguntas, le apretó tiernamente la mano, y el dolor desapareció.

Para cuando trajeron el postre, Ángela ya había compartido con su cita la mayoría de su vida, miedos y anhelos. Con él se sentía capaz de ser ella misma, y a la vez parte de algo más grande. Se sentía exultante pero serena. Se sentía en paz.

—Es… es extraño —dijo Ángela, mirando a su plato fijamente—. Esta es la tarta de queso que preparaba mi abuela. No digo que sea igual, digo que es la misma. Simplemente lo sé. Temo que, si la como, despertaré y sabré que todo esto ha sido un sueño.

Su acompañante ensanchó su sonrisa, y la sala brilló con más intensidad.

—Puedes estar tranquila, Ángela —respondió—. Te aseguro que yo soy muy real.

Las sirenas de una ambulancia comenzaron a sonar fuera y, para pensar en otra cosa, Ángela le dio un bocado a su tarta. Mientras la degustaba, sintió las manos de su abuela gentilmente en su hombro, y las lágrimas comenzaron a brotar.

—¿Volveré a verte? —Le susurró a su acompañante.

—Sí. —La miró fijamente—. Dentro de mucho. Me lo he pasado muy bien, pero esto solo ha sido una primera cita.

Ángela despertó. Los médicos dijeron que era un milagro que hubiera sobrevivido al accidente, pero ella no estaba segura de haberlo hecho, al menos no todo el tiempo. Lo que sí sabía era que, cuando volviera a encontrarse cara a cara con la muerte, lo haría con una sonrisa.

Y tras haber saboreado cada segundo de su vida.