La cita eterna
María Isabel Guillén Alonso | María Isabel

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Ernesto Vitale nunca olvidó el tiroteo del 14 de febrero de 1923.

¡Una señora! ¡Una señora! – exclamó aquella mañana su mujer, tendida sobre un charco de sangre.

¿Qué señora? – Le preguntó su marido

– ¡Allí! ¡Allí! – repitió la mujer mientras señalaba el hueco de la ventana.

Él también la vio. Llevaba el rostro cubierto con un velo, oscuro y espeso. Estaba de pie y se encaminaba hacia ellos, aunque parecía no pisar el suelo. Alargó su mano hacia Ernesto que contempló, horrorizado, una cavidad vacía. Tembló de miedo y comenzó a tartamudear.

-Llé… llévatela a ella… – acertó a decir.

La Señora , contrariada, le miró y suspiró profundamente.

-Vendré a por ti en este mismo día y a esta misma hora – le susurró al oído – pero nunca sabrás de qué año.

La Señora se llevó a Amara Vitale que, a decir verdad, tuvo mejor vida de muerta que de viva. Amara era joven y dispuesta y La Señora necesitaba ayuda. El volumen de trabajo era demasiado para ella sola y con tanta edad a sus espaldas, la osteoporosis hacía mella en sus huesos.

– También para La Muerte pasa el tiempo – le decía a Amara, mientras le enseñaba los misterios del oficio.

Amara aprendió pronto y bien. Su rostro angelical no era tan rígido como el de la titular y la gente moría a su lado sin miedo y de forma apacible.

La Señora y Amara se hicieron buenas amigas y todos los años celebraban el día en que se conocieron. El día de los enamorados de 2024 disfrutaban de un delicioso desayuno antes de empezar a trabajar. La Señora con un capuccino en la mano, observó a Ernesto Vitale desde el cielo.

– ¡No te lo lleves nunca! – le suplicó Amara.

-¡No te preocupes, querida! ¡No pensaba hacerlo! – le respondió La Señora antes de hincarle el diente a un croissant con nata.

Ernesto Vitale se despertó ese día a las siete de la mañana, justo cinco minutos antes de que sonara el despertador. Después, se vistió con su mejor camisa y se puso un traje nuevo. Las mangas le quedaban un poco largas porque el sastre no tuvo en cuenta la merma de centímetros que se produce con los años. Hizo el nudo de la corbata con dificultad e insertó en uno de sus dedos, un anillo de oro para pagar el viaje. Las puntas de sus zapatos relucían. Se miró al espejo y se guiñó a sí mismo uno de sus ojos para comprobar que aún estaba vivo. Amara le observaba desde hacía 101 años, con la arrogancia de la juventud, desde un marco de plata. Ernesto estaba seguro de que esta vez La señora aparecería . Se tumbó en la cama boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho y una rosa blanca entre sus manos. Cerró los ojos y esperó a su cita.