LA CITA QUE NUNCA FUE
Lizette Martínez Valerio | L.

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“Yo no soy el que ha cortado los vínculos, ha sido él”. Nicolás repitió la frase un par de veces al teléfono, con las lágrimas por las mejillas y la rabia agarrada a la boca del estómago. Hablaba con María, la amiga por la que conoció a Joaquín. María tenía una amiga que vivía por Madrid Río y un día organizó una fiesta. Una fiesta a la que María invitó a Nicolás. “Vente tío, es al lado de tu casa, al otro lado del río. ¿Qué? ¿Qué canción? No sé de qué me hablas. Ponte unas zapatillas y quedamos en la esquina de tu casa a las 9”. Era María al teléfono, siempre dando órdenes, siempre animando, siempre estando. Efectivamente, la fiesta era justo al otro lado de la pasarela; un piso bajo compartido por Ana – la amiga de María – y Joaquín. Cuando llegaron sonaba Sevdaliza, y a Nicolás se le encendieron las alertas. Sabía que, si había un tío detrás de esa elección musical, podría enamorarse incluso sin verlo. No, tampoco exageremos. Lo vio y le gustó lo que vio. No fue un flechazo de esos locos que te arrebatan el corazón y te dejan sin aliento, pero le gustó y sonrió. Y esa sonrisa fue justamente lo que atrajo a Joaquín, una sonrisa amplia y tierna, “de buena persona” le diría más adelante. Pasaron el resto de la noche charlando y riendo. Quedaron en hablar para ir al concierto de Aïsha Devi en La Riviera un par de semanas después. No, no era su primera cita, irían en grupo. Bailaron, bebieron, se besaron, se metieron mano, sudaron, se miraron, cenaron todos en el Burger y cada uno se fue a su lado del río. Unos días después, mientras tenían una conversación de esas estúpidas a través de Instagram, el perro de Nicolás empezó a vomitar y él entró en pánico. Estaba solo, sus padres se habían ido al pueblo. Joaquín no dudó en salir corriendo para acompañarlo al veterinario. Lolo estaría bien, y Nicolás y Joaquín pasaron su primera noche juntos. No, esta tampoco fue su primera cita. Hablaban todos los días. Bueno, para ser exactos, se escribían todos los días durante horas mientras escuchaban las mismas canciones. Joaquín tuvo que irse al pueblo porque su abuela había enfermado y tenía que ayudar a su madre a cuidarla mientras ella trabajaba. La situación no llegó a tres semanas. La abuela de Joaquín murió y él se volvió a Madrid devastado. Pasaron su segunda, tercera, cuarta y quinta noche juntos, abrazados. No, tampoco durante los días de esas noches tuvieron su primera cita, Joaquín no quería salir de casa. A Nicolás no le importaba que desde su vuelta las conversaciones se hubieran espaciado y acortado. Estaban unidos por todas esas charlas, toda esa música, el miedo compartido, la muerte compartida. De repente, el espacio se volvió infinito y el tiempo se detuvo cuando Joaquín decidió cortar todos esos vínculos. Y todo sin haber tenido su primera cita.