1487. LA CITA
MARIA ESPERANZA MANCERA ROSADO | PAZ SERENA

Después de dos relaciones largas, tres cortas y un par de polvos de una noche, decidí darme de alta en una aplicación de citas. Según mi hermana, felizmente casada, era lo más, para encontrar pareja.
La primera decisión fue la foto de perfil, no tenía una buena desde los veinte, opté por colgar una de espaldas.
La segunda era el nombre ¿real o no? «Dunia». Mentí.
En cuanto a los gustos y aficiones, escribí lo que casi todo el mundo pone en estos sitios: hockey sobre patines, escalada, surf … y que me encantaban los gatos, sin embargo, no había tenido ni uno, en mi vida.
Pasaron dos meses, perdí las esperanzas , hasta que un mensaje de la aplicación llamo mi atención.
«Me gustaría conocerte ¿dónde nos vemos?» ¡Bingo! No tenía foto en el perfil, pero contesté.
«Mañana, sábado, en la terraza de Lamucca del Carmen a las dos»
«¿Como te reconozco?»
«Llevaré un pañuelo rojo»
Media hora antes de la cita, aún, estaba probándome todo el armario: demasiado estrecho, ancho, largo, corto, cursi, hortera…… al final me decidí por unos vaqueros, las deportivas y una sudadera.
El pañuelo rojo no pegaba ni con cola, me lo guarde en el bolsillo.
Llegué cinco minutos antes, no vi a nadie sentado solo. Me acomodé en la primera mesa que vi libre.
De repente, «¡madre mía! ¡era él! Ese actor … Ayyy … ¿Cómo se llama?»
Lo tenía en la punta de la lengua y venía hacia mí.
«¡No es posible! ¿Y el pañuelo rojo? ¡No lo encuentro! ¿Será mi cita?»
Me señala la silla.
—¿Está libre?
Solo pude asentir con la cabeza. Me quedé ojiplática y babeando.
—¿Vas a tomar algo? —preguntó.
—Agua. —Y yo seguía embobada.
—Buena elección, aviso al camarero. —Se levantó.
Rebusqué el pañuelo con afán y lo puse encima de la mesa. Así no habría duda de que era yo, su cita.
De inmediato un hombre de mediana edad, con chaqueta y corbata se sentó en la silla que había dejado libre.
—¿Eres mi cita? Veo tu pañuelo rojo.
No me dio tiempo a responder, el camarero traía mi agua y un mensaje.
—Estás invitada, otra vez será. —Miré hacia la barra y ese pedazo de bombón levantaba una cerveza a modo de saludo.
Dirigí mi mirada al frente, ese señor con corbata seguía esperando una respuesta.
Cogí el pañuelo en la mano, agitándolo con rabia y por fin le contesté.
—¡¿Pero usted se cree que este pañuelo me pega?!
El pobre hombre se quedó blanco. Dejé el pañuelo encima de la mesa, miré hacia la barra y ¡maldición! ya no estaba.
Me fui a casa cabreada, me di de baja en la aplicación y seguí yendo todos los sábados a las dos a Lamucca del Carmen.