113. LA CLASE DE PILATES
MARIA ESPERANZA MANCERA ROSADO | PAZ SERENA

¿Sabéis esa proposición que os hace vuestra súper estupenda amiga, que dice que no se cuida, que no hace dieta, que echa un polvo todos los días y siempre está hidratada?, pues esa amiga, te dice a ti, un día, que tienes que cambiar, cuidarte más, hacer más ejercicio y darte sesiones en el salón de belleza, para estar irresistible y echar un polvo todos los días.
Con ese propósito, quedas con ella y te apuntas a tu primera clase de pilates, que supuestamente tonifica y te pone el culo tan duro que no te cabe ni un pellizco.
Nada más llegar al aula, observas que todas las compañeras parecen salidas de un anuncio de ropa deportiva; en línea, con sus mallas ajustadas, sus zapatillas de marca y una coleta de peluquería y yo me miro al espejo y pienso «este espejo engorda».
Nos colocamos en varias líneas frente al espejo, yo me ubico atrás del todo, más que nada por observar… y que nadie vea mi torpeza ilustrada. Extendemos las colchonetas, la mía se niega a desenrollarse (creo que la utilizó mi hijo para un campamento cuando tenía diez años y pronto es ingeniero…). Me peleo durante los primeros cinco minutos, que aparentemente son de relajación , para estirar la puñetera colchoneta, cuando por fin lo consigo, ya estoy sudando y aún no hemos empezado.
La monitora me mira mal y yo hago como si nada, le devuelvo una sonrisa y me hago la tonta «empezamos bien».
Entonces, llega el momento contorsión, sentada, con una postura imposible, con las piernas cruzadas, el cuerpo echado hacia adelante y con los brazos hacia el espejo hasta llegar al suelo ¡me muero! ¡me asfixio! , tendría que haberme puesto otro sujetador, el de aros se me clava hasta el alma y la goma de la malla me corta la respiración , pero yo aguanto «!Diooosss! , !venga que tú puedes!»
¡La monitora nos avisa, del cambio de postura, «! ¡Bien, coño, bien!»
Ahora uno de equilibrio, haciendo la garza, bueno garza, garza… más bien pato mareado, al ponerme sobre un solo pie, me dejo caer sobre mi compañera de la izquierda y está a su vez con la que tenía a su lado , y se ha liado la traca. Como he podido me he levantado de un salto y a duras penas he continuado con la clase, que para evitar más el desastre intento pasar lo más desapercibida posible.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, alguien me toca el hombro, abro los ojos despacio y me doy cuenta de que estoy tumbada en la colchoneta, Mi amiga me mira y me dice
—Espero que hayas disfrutado de la siesta.
—¿Ya se ha terminado? Que corto se me ha hecho.
Y mi amiga me mira, incrédula:
—No me extraña llevas roncando desde el minuto diez.