1505. LA COBRA SOÑADA
Manuel Ruiz Campaña | Rodrigo Díaz

La mujer caminó hacia el recibidor con parsimonia y la barbilla alta. Se puso el abrigo, cogió el bolso y comprobó que no se dejaba el tabaco, aunque todos los cigarrillos habían salido de la pitillera del hombre que en ese momento le abría la puerta. Durante los besos de despedida, él intentó alargar el contacto, pero ella solo consintió un leve roce, apartando al instante sus mejillas de las de su anfitrión. Los dos ósculos de la mujer se perdieron en el aire. A sus sonrisas las atenazaba el rigor mortis de una cordialidad finiquitada hacía ya un buen rato. Los hasta pronto con los que se despidieron al unísono sonaron como una cita para encontrarse en la otra vida ante la inminencia de un cataclismo cósmico.

Cerró la puerta, levantó la tapa de la mirilla y pegó todo lo posible el ojo bueno para evitar que la claridad del interior le delatara. Enseguida divisó la fisonomía de la chica, aumentada en primer plano. Ya de por sí entrada en carnes, había adquirido las formas de una venus paleolítica ataviada de tonalidades fucsia y gris marengo muy actuales. Su figura fue volviendo a la normalidad según se alejaba del puesto de observación. Como sospechaba, la calma con la que su invitada se había desenvuelto antes de salir difería mucho del trote apresurado que ahora imprimía a sus pies a ritmo de huida, aumentando la aceleración de su marcha conforme avanzaba a lo largo del pasillo. Cuando llegó frente a la puerta del ascensor apretó el botón repetidas veces, muy deprisa, como si de esa forma accionara una suerte de dispensador que, aplicando lubricante a lo largo de su maquinaria, le hiciera llegar antes.

De vuelta al comedor, recogió la mesa con desdén, acentuado ante la constatación de que las delicatessen sobrantes apenas le daban para la cena. Intentó recordar los temas de conversación, a fin de detectar posibles errores o indiscreciones a evitar en futuras citas, pero desistió al caer en la cuenta de que solo había hablado él, pues su invitada se había limitado a hacer ostentación de su buen apetito. En la cocina, sacudió el mantel sobre el cubo de basura, pero solo unas cuantas migas cayeron dentro. Finalmente se hundió en su sillón favorito, dispuesto a empalmar cigarrillos, devorar alguna serie y olvidarlo todo. Como aquella fracasada intentona de coyunda le había ocupado la hora de la siesta se quedó dormido enseguida.

Contemplaba la escena desde el punto de vista que habitualmente describen quienes cuentan haber experimentado un viaje astral. Intentó evitar el desastre, interponiéndose entre él mismo y la mujer pero, como ocurre en los sueños, solo pudo ser testigo de cómo sus labios avanzaban mientras los de ella retrocedían. Sus cuellos empezaron a estirarse; el de él en pos del contacto; el de ella, manteniendo con precisión una distancia segura. Los dos pescuezos continuaron alargándose y, saliendo por la ventana, habrían alcanzado la puesta de sol, pero un súbito ataque de tortícolis acabó por despertarle.