1425. LA CONDENA A MUERTE
Alvaro Goyes Quelal | Amaru

“Tienes que ser valiente, tienes que ser valiente”, se decía a sí mismo una y otra vez. No quería mostrar que estaba a punto de perder el control, sobre todo de su esfínter. La imagen de una muerte atroz le asaltaba por todos lados. Intentaba espantarla pero el sonido de la navaja al ser afilada le producía un estremecimiento en todo el cuerpo. Empezó a sudar, a sentir que la boca se le secaba, que se le revolvía el estómago. Imaginó el frío del metal tocando la piel de su cuello. Se preguntó por la fuerza que se necesitaba para herir la carne y si la sangre saldría a chorros e, incluso, si uno podría ahogarse en esta. Casi pudo mirar la mancha escarlata salpicando su traje, el piso, la pared. Sería terrible esa muerte. La muerte misma sería terrible: no volver a ver este mundo, ni a su esposa ni a sus hijos. Presa del pánico, sintió que le faltaba el aire y que no podía contener más las lágrimas. Crispó las manos y apretó los dientes. No quería dejarse vencer por pensamientos de terror, pero estos podían más y, cuando miró en el espejo que su rostro le traicionaba, entendió que debía hacer algo, que debía huir a como dé lugar de esa situación: de un sacudón se levantó, salió de aquel sitio y corrió por la calle con las toallas alrededor de su cuello y ante la sorpresa de los otros clientes, del barbero que se quedó paralizado, con la boca abierta y con la navaja de afeitar en la mano, y de quienes en ese momento transitaban cerca de la barbería.

Unos metros más adelante, creyendo librarse de la muerte, el hombre cruzó la esquina corriendo sin control y sin cuidado. Un auto lo atropelló fatalmente.