768. LA CONFESIÓN DE MENDOZA
Pelayo Suárez Dosantos | Pelayo Suárez

Mi pasión, frotarme las manos. Mi razón de ser, molestar. Más que molestar, diría irritar. Si, irritar me gusta más. ¡Me encanta!

Me quedan aproximadamente veinticinco días en este mundo, y los voy a dedicar única y exclusivamente, a fastidiar a los demás. Tampoco es que quiera hacerles la vida imposible. Yo soy más de esas que disfrutan con los pequeños placeres de la vida. Adoro susurrar al oído sin parar cuando la gente está concentrada en algo, disfruto estableciendo incómodos contactos visuales en el más absoluto silencio, y el placer que me provoca tocar “por accidente” con mis sucias manos la comida de los demás, hace que me estremezca cada vez que pienso en ello.

¡Uy! Si aún no me he presentado. Qué descortés por mi parte. Aunque igual alguno ya me ha reconocido. Efectivamente. Soy Atnonia Pialr del Carnem Gualadupe Mendoza y soy una mosca. Pero no una mosca cualquiera. Una mosca cojonera. Por cierto, antes de que metáis la pata, odio los apodos, los diminutivos y que se confundan pronunciando mi nombre.

Y ya que, debido al formato, no podéis hablar conmigo, os sigo contando un poco más sobre mí. Tengo ocho mil ojos. Bueno, no son exactamente ojos. Se llaman omatidios. Pero para que vosotros me entendáis, y perdonad el desdén, son ojos. Esto significa que, a pesar de tener una esperanza de vida de veintiocho días, mi cerebro procesará aproximadamente un número de imágenes equivalente a 613,7 años. Es decir, viviré 7,12 veces más que la mujer media española. Mmm… parece que este dato no os molesta tanto como debería. Pues que sepáis que al final de Juego de Tronos, Jon Snow mata a Daenerys. Ale, ahí lo lleváis.

Perdonad por el arranque. Lo siento mucho. No quería haceros ese spoiler. Me he rebotado y he dicho lo primero que se me ha venido a la cabeza. Es que… creo que no soy como las demás. ¡Soy un fraude! Hasta hace dos días estaba convencidísima de que lo que yo quería era continuar con el legado de mi familia. Mi familia cojonera. Nos hemos ganado el apodo a base de bien para envidia de toda la comunidad. Y entonces mi madre me habló del cantar de la tátara Eulalia. “Una mosca cojonera…” (mi abu) “…se cagó en la carretera. Y vinieron los bomberos…”. Terrible. En ese momento, todo se fue a pique. Con un pequeño cálculo hecho a vuelapluma, deduje que una mosca defeca en su vida más o menos 36,29 gramos de caca. Es imposible que llamasen a los bomberos por los excrementos de la abu Eulalia aquel día. ¿Cuántas mentiras más habrá en la familia?

Desde entonces, he querido ser científica. De esas que hacen cálculos complicadísimos. Y eso que he visto la peli esa de la mosca.

No me queda mucho tiempo, quincena y dos tercios más o menos, pero me alegra habérselo contado a alguien. Gracias por escucharme, amigos. Como decimos en mi tierra, me voy a la mierda. Os Tssquiero.