1226. LA CONFESIÓN.
M Carmen Alonso González | Macamen Alonso.

Pidió un poco de vino.
Era tarde, la luz del sol apenas se filtraba por los ventanucos;la estancia en penumbra y los ropajes negros no dejaban saber cuánta gente estaba allí.
No le importaba.
La culpa la perseguía o, quizás el arrepentimiento.
No. De ninguna manera, Ni culpa ni remordimientos ni nada. Solo la necesidad del perdón para poder seguir con su vida. Una vida llena de reglas que le exigían contarlo todo.
– Esa copa, se lo suplico, solo para enjuagar este amargor, madre…no lo tragaré, añadió nerviosa e impaciente.
La madre superiora encontró insólita e inapropiada aquella petición, pero viendo en la situación en que se encontraba Sor Angustias, hizo traer una botella de vino de misa, el único que había en el convento.
Sor Angustias, azorada, le explicó que había hecho algo tremendo y que, aún así debía confiar en ella y aguardar a que calmase su conciencia con el Altísimo antes de relatarle a ella y a las demás hermanas del convento qué había sucedido.
La madre superiora accedió a sus demandas, a dejarla enjuagarse con el vino y a permitirle rendir cuentas al Altísimo.

– Ave María Purísima.
– Sin pecado concebida.
– Padre, quiero confesar lo ocurrido la mañana del 5 de enero.
Cuando tocaba maitines, recordé que había dejado mi rosario en el confesionario; fui rauda a recuperarlo para poder ir al rezo y … Dios mío! allí estaba ella, Sor Emilia, sentada, con esa mirada de víbora que hacía temblar a todas las hermanas…tuve tanto miedo que incluso pensé en no coger el rosario y escapar de allí antes de que ella me viese ( ya sabe el miedo que le tenemos) pero entonces me di cuenta de que no se movía.
Con mucho sigilo, casi sin respirar, le soplé suavemente en el rostro y no pestañeó, me acerqué y le di un golpecito con el dedo en la nariz. No se movió. Estaba rígida.Dios mío! Sor Emilia estaba muerta.
Muerta!!!
Sentí tanta alegría que di un salto y salí corriendo tan contenta que hasta se me olvidó el rosario.
Nunca sentí tanto placer como cuando rocé mi dedo en su nariz …y ella, inerte. Fue increíble. Por fin el Señor había escuchado mis plegarias y nos había librado del mal personificado en Sor Emilia.
Tenía unas ganas enormes de gritar ante este milagro para que todas lo supiesen.
Sor Emilia, muerta!
Pero algo me hizo cambiar de idea enseguida.
Si. Lo confieso, Padre, confieso que no dije nada a las hermanas para poder disfrutar yo sola de este glorioso acontecimiento y fui a verla varias veces durante todo el día para regocijarme..
Fui egoísta, Padre. Lo sé. Pero ahora ya está.
No tengo nada más que confesar.
Ay, Padre, deme pronto la absolución que tengo que volver a contárselo a todas y creo que, esta vez, vamos a brindar por ella con un poco de vino, que ya está en la mesa esperando.
Dios la tenga en su Gloria.