66. LA CONSULTA
Jesús Montoro Louvier | Sebástian Tull

A decir verdad, no me sorprendió que estuviéramos tan sólo dos personas allí sentados. En las últimas citas había comprobado que la sala de espera cada vez tenía menos pacientes. Desde luego el hecho no lo atribuía a que don Emiliano fuese más ágil en sus exhaustivos diagnósticos, sino a la fuga paulatina de pacientes a otros médicos del ambulatorio.

Don Emiliano, ciertamente, se tomaba su tiempo en cada valoración y eso provocaba voces airadas y quejas de aquellos que difícilmente aceptaban que para una simple receta tuvieran que esperar hasta el desespero. Desde su llegada, hacía un año, su media diaria de pacientes había pasado de veinte a tan solo tres o cuatro, entre los que me encontraba.

Aquella mañana era el primero de su exigua lista, así que don Emiliano me hizo pasar con puntualidad británica. Una vez dentro de su consulta me preguntó extrañado si conocía el motivo por el que últimamente acudía menos gente a visitarle. Por respeto, y cierta admiración a su persona, quise dulcificar un poco la realidad, y dentro del abanico de respuestas que se pasó por mi cabeza me decanté por la más sencilla, y que no daba pie a segundas preguntas:

– Ni puñetera idea don Emiliano- le dije sin más.
– Por supuesto -repuso pensativo- Sabe usted que en francés se dice “ne pas avoir la moindre idée”, siendo lo mismo suena mejor. Recuérdelo mi querido paciente…

Mientras hablaba escribía a su ritmo habitual. Sus movimientos podían ser hipnóticos si mantenías la mirada fija en él. Parecía dirigir un adagio. Su mano derecha flotaba sin rumbo aparente sobre el teclado hasta localizar la letra deseada. Seguidamente hacía descender con gran precisión su “dedo de pulsar” para, por último, presionar delicadamente el objetivo. Así, letra a letra, hasta formar una palabra, una frase, un párrafo…

Pasados diez minutos, levantó la mirada del ordenador, sonrió, y me pidió que me tumbara en la camilla. Aunque le recordé que sólo quería cambiar de antihistamínico, don Emiliano tenía decidido hacerme una exploración completa, bajo un argumento incontestable: “es mejor prevenir que curar”.

La evaluación duró un par de horas, no más, debido a que el otro paciente había amenazado con largarse en varias ocasiones, cosa que el bueno de don Emiliano no podía permitirse, por lo que agilizó la última prueba, el palpo rectal, al que dedicó -según manifestó- menos tiempo del que merecía un paciente tan cortés como yo.

Al tiempo que me vestía, empezó a prescribirme, letra a letra con su dedo de pulsar, una analítica completa, escáner cervical y un electrocardiograma. Por supuesto me fui sin los antihistamínicos. Después de tan exhaustiva exploración se me olvidó el objeto de la visita. Daba igual, me había dado cita para el día siguiente, quería determinar con exactitud el motivo de los continuos estornudos y picor de ojos que me estaban consumiendo.