La Consulta
Daniel García Valdivia | Liam Corona

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El despacho era una habitación comprimida, con apenas dos sillas una frente a otra separadas por un escritorio. En la encimera había una lámpara curvada de forma acusante y un fólder abierto en blanco. La atmósfera era confidencial, como una sala de interrogatorios.

La doctora lo invitó a entrar al advertir la puerta abrirse.

—Póngase cómodo. —consultó el archivo sobre su escritorio—. ¿Es su primera vez?

—Si.

—Muy bien, diga su nombre.

—Yo… me llamo… Teo.

—¿De Mateo o Teodoro?

—El segundo.

—Muy bien, empezamos bien, no me ha mentido. —dijo, mientras volvía a revisar el archivo.

—¿Por qué lo haría?

—Es difícil decir la verdad. —hizo un gesto con la mano que sostenía el bolígrafo—. No se preocupe. Cuénteme.

Parpadeó alelado. La doctora lo miró, inquisitiva y expectante.

—Eh, era…

—Catorce de febrero, sí.

De repente su mente evocó una escena.

—Iba camino a ver a mi chica, pero, ¿me detuve?

—Debe reafirmar sus recuerdos. —le sonrió con cortesía.

—Me detuve junto a un puesto de flores, al lado de un tipo que hacía manualidades con madera. —apoyó dos dedos sobre una de sus sienes—. El martilleo me provoca dolor de cabeza.

Su mente demoró en recordar. Las imágenes se veían difuminadas en algunas partes. La doctora escribió y él continuó:

—No tenía nada para ella, así que quise comprarle un ramo, para sorprenderla. Pero no llevaba dinero. —Sus mejillas se sonrojaron—. Así que lo escondí en el bolsillo de mi sudadera. Nadie se dio cuenta.

—Se salió con la suya. —la doctora esbozó una sonrisa impecable. Apuntó una oración—. ¿Entonces siguió caminando?

—Sí. Llegué al bloque de apartamentos.

—Ok.

—Yo vivo en el edificio del frente. Me gusta verla por la ventana.

—¿Llamó a su puerta?

—Sabía que guardaba una llave debajo de la alfombrilla. Quería sorprenderla.

—Y entró.

—La vi a ella… Hablaba por teléfono con su amiga. Las escuché un rato.

—¿De qué hablaban?

—Ella sentía que había un fantasma en su piso. Mencionó que a veces se perdían o se movían las cosas. Esperé a que colgara y saqué lo que tenía en el bolsillo, el…

—Ramo de flores. —completó la doctora.

—¿Q-qué?

—Su regalo sorpresa. —reafirmó ella, serena—. ¿Qué otra cosa sería?

—Eh… —Ya no estaba tan seguro.

—Recuerde.

—Yo… —Su cabeza palpitó en un martilleo insistente.

—Lo ayudaré a recordar. —Tomó el bolígrafo y volvió a escribir, con insolente intensidad.

Las escenas se trazaron en su mente, demasiado nítidas, demasiado perfectas. Recordó.

—Le di mi amor. Al principio gimió de dolor, pero después disfrutó en silencio.

—Las primeras veces duelen.

—Mi sudadera estaba empapada. Al salir ya era de noche, de modo que no importó.

—¿Entonces tuvo una noche de pasión y se fue a casa?

—Eso creo.

—Debe afirmarlo. No puedo transcribirlo sin su consentimiento.

—Está bien, sí.

La doctora se encogió de hombros. Apuntó los últimos detalles.

—Muy bien. —cerró el folder. Él observó que en la portada decía: CONSCIENCIA.

—¿Usted es mi…?

—Cuanto quisiera —se limitó a decir—. Algún día, quizás.

Permanecieron en un silencio de miradas. Él lo rompió, no le gustaba su lúgubre expresión.

—¿Qué sigue?

—Usted seguirá con su vida. No hizo nada malo.

Que alivio, pensó. Entonces advirtió que su sudadera estaba manchada de sangre. Pero no importaba, no había hecho nada malo.

—Gracias doctora…

—Em.

—¿De Emma o Emilia?

—De Embuste.