1445. LA CORUÑA
Marta Campos de la Vega | Bicicletas

Viajar. Me encanta viajar. A quién no, ¿verdad? Se puede viajar para conocer, para olvidar, para no echar de menos o por echar de más… Pues yo descubrí una nueva forma de viajar. Pero empezaré como lo hacen todas las excursiones: con la maleta. Ese macuto desgastado con cuatro ruedas -seguramente solo giren tres -, un mango que baja tres de cada cuatro veces y por supuesto, una cremallera que se abre por un lado a la vez que la vas cerrando por otro.
Y llega el momento en que te plantas delante de ese contenedor que crees infinito, como esperando respuestas, como queriendo que la propia maleta calcule aritméticamente tiempo/espacio el numero exacto de jerséis necesarios para un fin de semana; o que se convierta en un oráculo meteorológico, un Roberto Brasero con ruedas, que te diga la temperatura en grados centígrados porque te han dicho que hace fresco pero te parece un término demasiado impreciso; o que te devuelva con un ademán maternal los 5 pantalones que has metido de más pero por si acaso. Y metes, y sacas. Y sacas más, pero metes el doble.
Y heroicamente, después de 2 horas, logras cerrar ese montón de telas a presión dispuestas a volar por los aires accionados por un resorte propio de Acme en cuanto abras la cremallera. Levantas la vista, con gesto triunfador. Secándote las gotas de sudor que te recorren la frente después del forcejeo propio del cierre maletíl. Yo encima, tu debajo y al revés. Y la sonrisa se desvanece, poco a poco. Porque sobre la cama, acompañado de luces divinas y cánticos celestiales, está el neceser. Y no queráis que repita el proceso, confío en vuestra lógica.
Pero qué maravilloso es viajar. Todo el estrés se esfuma cuando por fin te sientas en tu sitio. La felicidad se multiplica cuando descubres que no tienes a nadie al lado y el bonus llega cuando ¡no hay niños en el vagón! Qué tranquilidad, qué alegría, qué ganas de llegar. Te recuestas mientras disfrutas del paisaje. Y qué ancha es Castilla. Se te van cerrando los ojos y te dejas llevar por Morfeo. Y llegas a tu destino. Y quieres salir la primera, pero demuestras tu madurez dejando pasar a todo el vagón. Y cuando ya no queda nadie, entonces ya sí. Puedes recoger la maleta que habías dejado en el vagón contiguo porque en el tuyo ya no quedaba sitio. Y la sonrisa vuelve a desvanecerse como con el neceser olvidado encima de la cama. No hay más tren. Solo vías. No vagón. No maleta. Sí vías. Todo mal.
Y de esta desdichada manera descubrí una nueva forma de viajar: donde el equipaje decida. Tenéis que probarlo. Porque gracias a mi valija trotamundos, empalmada a otro tren, conocí La Coruña. Una ciudad muy bonita y con un personal de RENFE de bandera. Y que además me entregó lo que yo más quería en ese momento: mi maleta.