935. LA CUENTA, POR FAVOR
CARLOS PÉREZ MORENO | Carlitos Güei

Las últimas veces que he quedado con mis amigos para cenar fuera, los camareros siempre me han entregado a mí el platillo con la cuenta. No es que me haya molestado, porque eso nunca ha supuesto pagarla, pero, ¿qué es lo que ha llevado a esos individuos, completos desconocidos, a elegirme como el único receptor de tan infame transacción mercantil? Diré en mi defensa que nunca soy el que la pide. De eso, suele encargarse el Sebas, que tiene más desparpajo. A veces, el establecimiento la ha aportado “de motu proprio”, movidos por el temor a que nos marquemos un “sinpa”. Sea como fuere, siempre he sido yo “el elegido”.
La primera vez que me la dejaron, lo justifiqué por mi ubicación en la mesa. Era el que estaba más cerca de la caja registradora desde donde el camarero nos abordó con “la dolorosa”. Parecía obvio que lo había hecho así para economizar tiempo y esfuerzo.
En el siguiente encuentro, lo justifiqué por el contacto visual que creé desde un principio con la camarera. Atractiva, simpática y receptiva, esa complicidad fue creciendo durante la cena y la entrega del platillo con la cuenta debía ser la culminación de dicho proceso: esperaba encontrarme su número de teléfono anotado en la cuenta. No fue así.
Otra vez lo justifiqué como una represalia del camarero. Helado de frío, le pedí que subiera la calefacción. Esta acción sólo suponía coger el mando y pulsar un botón, pero la ejecutó con tanta desgana que deduje que entregarme la cuenta era su modo de vengarse.
En un posterior encuentro, la recibí por prejuicio social. Mis amigos vestían ropa deportiva porque venían del pádel, yo vestía traje porque venía de la oficina. El camarero asumió que el tipo del traje, o sea yo, pagaría el festín de los míseros comensales.
Así ocurrió sucesivas veces. Harto de ello, quise romper el sortilegio hostelero que recaía sobre mi persona. Una noche actué contundentemente: me senté en el sitio más alejado de la caja registradora, no establecí contacto visual con ningún camarero/a, vestí la ropa más modesta que tenía y me llevé un jersecito por si hacía frío en el restaurante. Entonces, el Sebas pidió la cuenta y puse en marcha mi plan: me quedé inmóvil, con la mirada baja, con la respiración contenida. Dejé de existir. Sentí próximos los pasos del camarero. -Aquí tenéis la cuenta. Levantó su brazo por encima de nuestras cabezas, sorteó el torso de Gustavo, y depositó el platillo delante del Sebas. Sin la cuenta. El diabólico papelito había revoloteado hasta depositarse en mi regazo . Y allí reposó, plácido.
Comprendí entonces que hay sucesos en la vida que son inevitables. Y que el libre albedrío de San Agustín no existe, puesto que no decidimos nada sobre nuestras acciones. Y así, me resigné a la idea de que «yo» me había convertido en el «eterno elegido» para recibir la cuenta.