LA CULPA FUE DEL CHA CHA CHÁ
ANA NEYRA CHAMORRO | ANA OROMACH

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Leocadio había perdido a su mujer víctima de una dura enfermedad, desde aquel mareo sin importancia hasta su fatal diagnóstico todo se precipitó. El taxista se vació a su suerte implacable y justiciera, e hizo noches para no echar de menos, para caer rendido entre sábanas revueltas bordadas por su Rosa pero pensando en otra.

Azucena siempre quiso bailar bachata, había devenido en marioneta a fuerza de tenerlo todo y fácil, de no luchar por aquel amor. Se desperezaba de una infelicidad que presionaba sus frágiles escápulas y amontonaba su débil mente medicada.

Alguna vez habían cruzado miradas calle arriba, calle abajo. Él, deseándola, nunca osó y ella, ella era una señorita. A su primera cita acudían, como versos sueltos, a un garito de aderezo con personas de prestado. A ella le temblaban las piernas, a él le sudaban las manos y fue la música, cual celestina trasnochada, quien suscitó pisotones y delirios culpables.

– ¿Volverá? –preguntaría el caballero.

– Esto no es para mí… –contestaría prudente la blanca flor.

– Ni para mí, pero sepa que si usted suena yo bailo.

Aquella declaración de intenciones les bastó para volver cada jueves a aliviar su tensión no resuelta hasta que, reverdecido, se marcó un cha cha chá invitándola a cenar.

– ¿A qué se dedica? –querría saber la dama.

– A vivir desde que bailamos. Y ¿usted?

– Solo soy la tan traída y llevada señora de mi casa, señora de nada y… de nadie.

– ¿Casada?

– Malcasada, ¿tú?

– Viudo, mi mujer era hasta el aire que respiraba –suspiraría.

– Me hubiere gustado ser aire para alguien, me he quedado en apellido…

Supo por él que Rosa manejaba su vida, las visitas al médico, las facturas, las declaraciones de la renta, las cuentas del banco y que era el alma de aquella licencia de Taxi, su gestora de aplicaciones contables e informáticas, pero también que castigó, anuló y dejó a su marido sumido en la más absoluta ineptitud, imponiendo ley del hielo, del silencio, para ellos se hizo muy tarde.

Esa cita los empoderó. Ella, ante la determinación de Leocadio, se atrevió con el rojo de labios y subiéndose a sus tacones, aceptó nuevas ofertas del bailarín de zapatos rotos.

– Perdóname no es más que la mala costumbre de no valerme para nada –se ruborizaría.

– Pero mírate, si tienen la lengua fuera… Tengo buen gusto, si quieres…

– Son como zapatillas –insistiría.

– No acostumbro a reparar nada, es mi filosofía.

– Entiendo…

– Leo, si vamos a entrar y salir y… vamos a entrar y salir, tutéame.

– No querría es ir de flor en flor, la verdad. –rozaría la comicidad.

Entre roscos de Pasapalabra se dejaba extraer las espinillas de la nariz solo por el hecho de percibir su olor a mandarina, el que recordaba. A ella, que no le gustaba gustar, aquel hombre le llenó la vida de pajaritas de papel, todas con un mismo mensaje, un comienzo, se les ordenó el amor.