1153. LA CUMBIA DEL ADIÓS
Gustavo Eduardo Green Sinigaglia | Denver

Los hombres, sosteniendo el ataúd por las manijas labradas, se detuvieron frente a
aquella casa residencial. En el interior de la vivienda la empleada no comprendía lo que observaba por el portero visor.
¿Quién es, Agustina? –inquirió la propietaria.
Unos señores que traen un cajón señora.
¿De la verdulería? –insistió la mujer.
No señora, un cajón de muerto, un féretro.
Inmediatamente, y ante su estupor, las mujeres intentaban dilucidar el misterio.
Necesitamos pasar al jardín señora. –fue la escueta información.
¿Qué pasó? ¿Se quedaron sin lugar en el cementerio?
Armadillo 314 ¿verdad?
Sí…pero…si es una promoción no la quiero, gracias.
Le explico señora, soy oficial de justicia de la Secretaría del doctor Hutchinson y
debemos cumplir con una diligencia procesal. Aquí en Armadillo 314, nació el señor
Felipe Iriarte y venimos a cumplir su última voluntad: ser enterrado en el jardín de su
casa natal.
Como broma es de muy mal gusto –bramó la señora.
Sin prestar atención a la actitud de la mujer, los hombres franquearon la entrada.
No lo haga difícil señora…y respete el dolor de los deudos.
Así, el cortejo atravesó el living, siguió por el comedor de piso entarugado…
Pensar que cuando el abuelo vivía acá esto era un ranchito –reflexionaron al pasar.
…cruzaron por la impecable cocina hasta llegar a los ventanales que comunicaban con el jardín.
Junto a la higuera –afirmó el oficial.
Había sombrillas de paja, palmeras, papiros y…ninguna higuera.
¿Y la higuera señora? ¿Qué hizo con la higuera?-
¿Qué me miran con esas caras?, cuando compré la casa no había ninguna maldita higuera.-
Mientras realizaba sus anotaciones el oficial expresaba en voz alta:
Se abrirá proceso para investigar erradicación de árbol de frutos.-
Su brazo extendido señaló el lugar: junto a la escalerilla de la piscina. Los sepultureros comenzaron con su tarea, mientras los parientes descansaban en reposeras y sillas de jardín. A falta de asientos algunos se acomodaron sobre el lustroso cajón.
El sacerdote, que había pasado desapercibido, regaba las dalias del cantero. Los más pequeños, sudorosos por sus desacostumbradas ropas formales, terminaron chapoteando en la piscina (en calzoncillos) ante la mirada comprensiva de sus madres. El perro brincaba de felicidad al ver los huesos que surgían de la excavación. Los jóvenes improvisaron un partido con una pelota hecha con las medias de la abuela (que aprovechó para refrescar sus callos en la fuente de mármol). Los sepultureros aliviaban su labor entonando una rítmica cumbia. Agustina bailaba animadamente junto a un joven seductor.
La dueña de casa terminó con la existencia de calmantes.
Concluida la excavación, la ceremonia volvió a su cauce normal. Lentamente el ataúd descendió a las profundidades del jardín. El párroco leyó unos salmos. Las coronas de flores y los puñados de tierra cayeron sobre el féretro. Un llanto general dominó la escena.
Los familiares se retiraron, al atravesar la puerta de salida calmaron sus ánimos y
hasta se escucharon algunas risas perdidas.
En el jardín, arrodillada junto a la lápida de mármol, una mujer no podía contener
sus lágrimas.