La de cuando me concovaron a formar un triunvirato
MIREYA ROLDÁN GAETE | MIREYA ROLDÁN

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A la vibración del móvil le acompaña «¿te importa que vengan unas amigas? Se han quedado colgadas de otro plan y no quiero dejarlas tiradas». Teniendo en cuenta que el conductor está a cuatro minutos de llegar al bar, contesto un hipócrita «perfecto». No me apetece tener que conocer a personas en plural, pero a la tarde no le preocupan mis anhelos. No me he situado cuando escucho por el fondo de la terraza mi nombre. Tardo unos segundos en pensar lo atento que debe ser como para venir a por mí en el momento justo, mismo plazo que usa para saludarme con dos besos dándome las indicaciones de situación de su grupo de amigos agregando que le pillo camino al servicio.



El sitio es precioso y la música está lo suficientemente baja para disfrutarla como parte del conjunto. Las conversaciones transcurren entre rápido y lento depende de quién sea el interlocutor. Algunos se dedican al mundo del marketing, otros nacieron en el norte de España, y otros no se presentan. Una de ellas repara en mi pintalabios haciendo un comentario en forma de halago. Sonrío y contesto haciendo referencia a su bolso por pura cortesía. Él vuelve a tomar la comanda de bebidas y se cruza con uno de los camareros al que uno del grupo le pide una canción y cuando la misma empieza a sonar, el de al lado arranca a cantar una balada preciosa. Todos le seguimos con movimientos de brazos ondeantes en el aire mientras él se lo pierde al dar vueltas por las mesas, cual novio atendiendo a los invitados.



Los gin-tonics me mandan al baño y cuando quiero darme cuenta, una de ellas acepta la no invitación a acompañarme. El claro desinterés que ella genera en mí no me permite sentir la incomodidad que le despierto yo a ella. Sin ninguna ceremonia me pregunta de qué le conozco y contesto la verdad, un escueto vaivén de frases de copia y pega y un par de cruces de miradas durante esta tarde. Con el inicio de la coreografía de aspavientos me doy cuenta de que, sin conocernos, somos compañeras de escena sin tener claros los papeles en la tragicomedia. Y entonces exponencialmente a su furia, río.



Volvemos a la mesa de mayoritariamente ellos y ahora unas conversadoras ellas. Ya nadie finge no saber y el eficaz optimizador del tiempo se acerca a darme unas explicaciones que no he pedido. Esto hace que chica con bolso opte por irse con su rabia colgada del brazo y el grupo empieza la lluvia de ideas de los posibles lugares que continuar explorando en lo que queda de jornada. Al informar que yo ya estoy servida, sinvergüenza mayor insiste en que lo siente. No le escucho y cuando me doy cuenta le tengo al lado mientras me monto en el taxi. Dejo de cuestionarme cómo de políticamente correcto ha sido invitarle a entrar cuando se concentra en su tren superior todo el descaro de la tarde.