194. LA DECISIÓN DE ELECTRA
ESTEBAN TORRES SAGRA | GARGAMEL

No sé si soy cleptómana o solo caprichosa con ínfulas. Lo cierto es que, de vez en cuando, necesito robar. Hacerlo me satisface una urgencia interior.
Cuando en la tienda de la esquina camuflo algo bajo mi blusa, resuena en mi conciencia la oración que mi difunta madre, con su gracejo sevillano, repetía sin cesar: «la riquesa de un pobre es su honor, no lo orvides ¡mi arma!». Aunque justo, a continuación, también resuena la voz de mi padre, gallego de profesión: «nunca roubes, queridiña, pero se o fas, que paga a pena o furto».
Entre los dos espíritus, con sus mensajes exotéricos y sus acentos antagónicos, me vuelven loca…
Y yo siempre acabo igual: al principio obedezco a mi madre y devuelvo la mortadela a su refrigerador y siento una paz íntima y reparadora. Pero luego, indefectiblemente, hago caso al consejo paternal y relleno el hueco de mi camisa con la botella de güisqui más cara de la estantería.
Conclusión primera -es obvia-: siempre quise más a mi padre.
Conclusión segunda: el alcohol no me ayuda a superar el complejo.