1155. LA DESNUDEZ DEL HOMBRE
Gustavo Eduardo Green Sinigaglia | Piedrahita

El hombre desnudo se paseaba vestido.
Había confeccionado sus prendas con telas de sillones y trapos de limpieza.
Nunca supo si fue un acto de coraje, rebeldía o locura.
La gente -indignada- reprobó su actitud. La autoridad no tardó en acudir al reclamo
de los ciudadanos.
Hombres uniformados (en actitud) lo redujeron en una esquina del Gran Rosario e
inmediatamente lo despojaron de su atuendo. Los niños pudieron volver a mirar.
En la estación policíaca lo interrogaron con vehemencia.
¿Qué es lo que quiere ocultar?
¿Quién lo provee de la vestimenta?
¿Conoce otros depravados que estén planeando ocultarse ante los demás?
Lo enviaron a un instituto de reeducación.
Compartió la celda con Braulio Estévez, sentenciado por encubrir verdades y
expresarse con hipocresía.
Es inaudito- sostenía el fiscal en su alegato, que el señor Estévez diga: ¡Buen día!
cuando llueve a baldazos, o que cuando le preguntan: ¿Cómo está usted? en todas las
ocasiones responda: Bien, gracias. ¡Vamos señor Estévez!, ¡nadie está bien siempre!
En el instituto retomaron la sensatez, comprendieron la gravedad de sus actos y
fueron encaminados hacia la reinserción social.
El hombre, desnudo volvió a su casa. Su primera acción fue descoser otro atuendo
guardado en un baúl; las telas volvieron a ser fundas, franelas y estropajos de piso.
Una fría mañana de invierno se cruzó con su ex compañero de celda.
¿Cómo está don Braulio?
¡Para la mierda señor, para la mierda!- respondió con absoluta sinceridad el señor
Estévez.