911. LA DESPEDIDA
JOSE ANTONIO HORCAJADAS ALMANSA | Serendipia

Eran las cinco y media de la mañana cuando la alarma les despertó en aquella agria realidad. Las caras hinchadas por la falta de sueño era el mejor maquillaje para una jornada difícil desde cualquier punto de vista. Se ducharon uno tras el otro y mientras Sol terminaba de acicalarse Fernando metía en las maletas todas las prendas que Sol, mimosamente, había ido doblando la tarde anterior para ahorrarle trabajo. Camisas y camisetas que olían a ella y que le recordaba, sin verla, su rostro alegre y su acogedor cuerpo. Bajaron serios, forzando sonrisas que no cambiaban nada pero que lo decían todo.
El desasosiego fue el adjetivo que Fernando encontró más acertado para expresar su sentir matinal. No había rabia ni ira. Confiaba que algo pasaría en la siguiente hora antes de tomar el barco a Montevideo y que cambiaría todo. Pero eso no sucedió. Ya en el puerto, como en un viejo cuento de marineros de principio de siglo el ambiente se hizo aún más pesado. Las lágrimas pedían a gritos salir. Las miradas eran desalentadoras. Los tequieros y teamos se sucedían constantemente. Los dos mantenían la preocupación por un presente infame y un futuro incierto. El agradecimiento por la fiesta vivida estaba en esos momentos en la recámara.
Desayunaron uno junto al otro, ceremoniosamente y se prometieron amor eterno, al menos, por unos días, por unas semanas. Caminaron abrazados hasta la entrada de la zona de seguridad donde se besaron con dolor físico dejando a los corazones susurrarse por unos minutos antes de la separación. Lo que esos corazones se dijeron formará también parte de magia de esta historia. Fernando se dio cuenta en ese instante que había perdido la pulsera que le unía a Sol de forma adimensional y se preguntó si no sería eso una señal de propio Universo. Lamentaron la pérdida, tanto que Sol llamó dos horas después al hotel para ver si se encontraba allí, como si de una joya familiar se tratara. Parecía increíble que aquello estuviera sucediendo. La responsable de seguridad apremió a Fernando para que accediera y este puso la mochila en la cinta del scanner. Volvió dos pasos a atrás y volvió a abrazar a Sol y, bromeando, le dijo que no se iba, para hacerla sonreír. Entró mientras se miraban a lo lejos y se observaron durante el trayecto del corredor, que giraba en las alturas hasta un punto donde volvieron a encontrarse, ella abajo, a un paso de la calle y él arriba, a unos metros del barco. Se volvieron a hablar prometiendose mutuamente no sufrir demasiado y no abusar de la comunicación en los próximos días, extraño remedio contra el desamparo. No se lloraron uno frente al otro. Y no lo hicieron no por falta de confianza, sino porque no hubiera sido justo. Tenían la dicha del amor mutuo y sincero que prefiere el sudor a las lágrimas y la celebración y la música hasta en su propio funeral.
Y así se alejaron el uno del otro.