LA EDAD DEL AMOR
Jesús Espada Triguero | Peter San Pedro

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Desde que los sentaron juntos en las clases de dibujo se notaba que había algo especial entre ellos. A Estrella le llamaba la atención la timidez de él y su cara de niño bueno. A Marcos le gustaba la risa contagiosa de ella, la manera en la que se movía su melena o la forma de gesticular con las manos cuando se acercaba a pedir alguna pintura o el sacapuntas.

Se diría que a los dos les costaba entender lo que pasaba, como si no estuvieran preparados para que les ocurriera algo así. Casi sin darse cuenta se fueron adentrando en ese terreno tan excitante del cortejo, de los gestos de complicidad, de las miradas furtiva.

Sin hablarlo y sin planes escritos, empezaron a propiciar encuentros aparentemente casuales en el pasillo o en el patio y muchos días buscaban la manera de coincidir en el comedor. Sin saberlo, empezaron a compartir una especie de sentimiento de culpa que tampoco tenía mucho sentido porque aquella historia -que ni siquiera era todavía una historia- era completamente inocente.

Sin llamarlo de esa manera, se podría decir que había vértigo y también mucho pudor. A medida que crecía la atracción fue asentándose también un sentimiento de culpabilidad, un miedo poco reconocible al qué dirán, a la reacción que tendrían los demás.

Fue ella la que dio el paso. Con los lápices de colores que le devolvió iba también una nota escrita en la que le invitaba a verse a solas.

Y ahí estaba Marcos, a la hora pactada, tratando de controlar los nervios y el temblor de las manos, esperando a Estrella, en el banco, junto a la fuente, huyendo de las miradas de otros. Trataba de memorizar las palabras que le pensaba decir, una confesión en toda regla. No tuvo tiempo. Ella llegó enseguida, se acercó con decisión, se sentó a su lado y antes de que él pudiera decir algo, le cogió las manos, le miró con dulzura y le besó en la mejilla.

¿Amor? Tal vez sea pronto para asegurarlo porque, al fin y al cabo, solo es una primera cita y estas cosas requieren su tiempo. ¿Tiempo? Si algo quedó claro en la conversación es que tienen todo el tiempo del mundo. Ella tiene 87 y él acaba de cumplir 90. Viudos los dos e internos, muy a su pesar, en una residencia de la que no querían ni oír hablar hace unos meses y ahora -caprichos del destino- les brindaba una oportunidad inesperada, les permitía volver a experimentar ese cosquilleo de las primeras veces, preludio del enamoramiento alocado y adolescente.

Estrella y Marcos siguieron cogidos de la mano un buen rato y entraron juntos en el comedor a la hora de la cena. Nadie les vio salir de la residencia ese madrugada por más que las familias pidieran explicaciones, pero su compañera de cuarto contó que la primera cita acabó con un beso de pasión y con un plan de fuga organizado.