LA ENSALADILLA RUSA
GABRIEL NAVARRO ESTEBAN | Angel "elqueescucha"

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Este es un relato, de los muchos que podría contarles, de las vivencias que experimenté con dos tipos que, de una manera no necesariamente azarosa, el destino me deparó allá por los años en los que se siente el trascender de adolescente a adulto o, si lo prefieren, de inconsciente a vertebrado.

Tranco se quedó sin padre siendo un niño. Su vida transcurría entre el estudio y el séquito de una madre, no muy cuerda, que nunca superó su viudedad, quizás porque su estabilidad y seguridad se habían ido a la tumba.

Crujillas, el otro tipo, fue adiestrado en lo que hoy en día se llamaría una familia de esas no muy estructuradas precisamente. Su padre no se sabía muy bien a qué se dedicaba, si es que se dedicaba a algo de veras. Su madre, por el contrario, vibraba a una frecuencia inusual para aquella época.

Crujillas sintió desde muy pequeño lo que él creyó que era la llamada de algún tipo de dios que le elegía y alentaba para hacer grandes cosas en esta vida, como si de un genio se tratara, y que dejaría una huella indeleble. Todo como un gran artista y de los muy cultos se presentaba él mismo.

Esta especie de “virus divino y artístico” era tan contagioso como la propia gripe, entrábamos en los años ochenta.

Tronco quizás, al no tener muchas defensas, sucumbió a estas mal interpretadas grandezas del espíritu.

En mi caso, siempre estuvieron presente en mi mente la connivencia que tuve con la madre de las altas frecuencias, de la que antes escribí, y que se resumirían en: “estos chicos no se enteran de nada”.

Pues bien, el relato que les cuento hoy tuvo lugar en un restaurante.

Tronco, Crujillas y el otro tipo que era yo en aquellos años, por cierto, sin cuartos en los bolsillos, pues a cuento viene el decirlo, estábamos junto a la barra del bar. Ellos habían pedido de todo lo que su vista alcanzaba para saciar su hambre, o más bien, sus ganas de comer, porque ya saben ustedes que esta cosa no es lo mismo.

Mientras tanto, el que escribe, impávido, pero con sed y con las tripas crujiendo, observaba el espectáculo culinario que se estaban dando estos dos personajes, y cuando esta escena me estaba superando, pensé marcharme de allí sin decir nada e ir a otro lugar donde no fuera invisible.

Entre tanto, el camarero, que lo estaba observando todo y al que no conocía de nada, se acercó y al oído me dijo: “te invito yo”. Sin más dilación puso ante mí la ensaladilla rusa más sabrosa que nunca comí, pues no solo llevaba los ingredientes que común son conocidos, sino además uno más universal que todos ustedes se imaginan.

Y así, en aquel restaurante y aquel día tuve conciencia de las dos primeras citas con las que la vida se presentaba; la indiferencia y la generosidad.