1157. LA ENTREVISTA DE TRABAJO
Héctor Romero Ortega | Etroch

Eran las doce del mediodía, aunque yo llevaba esperando en aquella sala desde hacía más de cinco horas. Cinco horas durante las cuales estaba sentado en una silla; la cual era tan incómoda que haría que la famosa cuna de Judas empleada en la Edad Media para torturar a los presos se sintiera como el más mullido de los sillones.

Para colmo, parecía que en esa empresa tenían el aire acondicionado apagado a propósito. Teniendo en cuenta que estábamos en pleno agosto y que el protocolo para acudir a una entrevista de trabajo suele exigir ir ataviado con traje y corbata, se puede imaginar el lector la maldita gracia que me hacía.

Notaba como el sudor resbalaba desde el escaso pelo que me quedaba en la cabeza hasta la rabadilla. El conserje tras el mostrador de la sala de espera también notó como sudaba, pues preguntó con sorna: — ¿Qué? Hace calor hoy, ¿eh?

Asentí con un intento de sonrisa, aunque me dieron ganas de responderle con una sarta de insultos que harían que el mismo diablo se tapase los oídos, avergonzado. “Claro, listillo”, pensé. “Cómo se nota que tú estás vestido con camiseta y tienes un ventilador apuntándote a la cara todo el rato”.

El tiempo seguía pasando. Cuando el reloj marcó la una de la tarde, la puerta del despacho se abrió y un joven secretario me hizo una señal para que entrara.

— Es usted el Señor Rodríguez, ¿verdad?— preguntó con una sonrisa que denotaba falsa amabilidad—. Permítame presentarle al Director de Recursos Humanos, el Señor Mateo.

Tras la mesa del despacho estaba sentada una figura humana que no pareció percatarse de mi presencia. De hecho, dudo mucho que pudiera percatarse de nada, ya que se trataba de un muñeco de paja con una careta de caballo. “Ya está”, pensé. “Me acaban de gastar la broma de cámara oculta del siglo”.

— El muñeco es muy… bonito— comenté—. Pero, ¿dónde está el Señor Mateo?

— ¡No le llame muñeco! ¡Él es muy sensible con esos temas!—me espetó en seguida el secretario, tras lo cual hizo una reverencia al monigote que estaba frente a nosotros, disculpándose.

Entonces se oyó una voz aguda: —Bienvenido, Señor Rodríguez, ¿comenzamos con la entrevista?

Hubiera jurado que la voz salía del muñeco si no hubiera visto al secretario mover los labios levemente. “Genial”, dije para mis adentros. “Ahora, ventriloquía barata”.

— Sí, comencemos— respondí, resignado.

— Dígame, ¿a qué se dedicaba antes?

— Era informático en una tienda de barrio.

— ¿Qué le hizo solicitar este puesto de trabajo?

— La oportunidad de desarrollo profesional.

— ¿Estaría dispuesto a espantar pájaros?

— ¿Cómo dice?— respondí, incrédulo.

— Los pájaros me molestan. ¿Estaría dispuesto a espantarlos?

— Eh… ¿sí?

— Queda usted contratado, entonces. Mañana preséntese con un sombrero de paja y un mono.

Me fui de la entrevista creyendo que estaba soñando. Pero no: tenía trabajo nuevo. De espantapájaros. O sea: de pelele. Pero en los tiempos que corren, mejor ser un pelele ganando un sueldo, que un sabio en la cola del paro.