La espera infinita
Alex Fonseca | Alex Fonseca

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“Cuánto nos duele la impuntualidad a los que somos puntuales”, pensó mientras apuraba de un trago su tercera cerveza.



Pasaban cuarenta y seis minutos de la hora estimada para su primera cita. Cuarenta y seis minutos que, sumados a los quince con los que solía anticiparse a cada quedada, se traducían en un laberinto de turbulentos pensamientos.



“Bueno, es Madrid, ha podido retrasarse el metro… Ha podido confundirse de hora… Ha podido olvidar el móvil… Ha podido poder pudiendo”. Esta última ocurrencia le hizo sonreír.



Una tras otra, con la precisión de un desfile militar, las excusas se burlaban de él. Pero no conseguían menguar el deseo de conocer a aquel ser surgido de las redes sociales que había transformado su mundo interior en un carnaval en tiempo record. Y es que, en apenas dos semanas, ella logró derribar el grueso muro de desconfianza que parapetaba su maltrecha autoestima, fruto de múltiples zarandeos emocionales.



Jugó a descifrar los ingredientes de la infalible receta. Un poco de incertidumbre, la medida exacta de picante, las combinaciones de palabras más sinceras que jamás había escuchado y el vértigo de un avión precipitándose al vacío, servidos en plato hondo. Todo lo necesario para volarle la cabeza desde la cucharada inicial.



“Sí, señora. ¡Chapeau!”, se dijo mientras levantaba un sombrero imaginario.



Observó detenidamente el lugar escogido para su primer encuentro: una antigua cafetería cerca del Retiro. Ella le había contado que era uno de sus sitios preferidos, que le evocaba momentos en los que la mayor preocupación era acercarse a la barra entre el gentío para pedir la siguiente ronda. Hoy, él se preocupaba por no sucumbir al desaliento.



“¿Me pones otra, por favor?”. La camarera le observó arqueando las cejas. “Márchate ya, alma de cántaro”, parecía sugerirle. Y al alzar el vaso para beber, tuvo la incómoda sensación de que todos los presentes le escudriñaban, apiadándose de aquel ingenuo personaje que volvía a ilusionarse para nada.



Ojalá poder teletransportarse a casa y preguntarle al asistente virtual cómo proceder en estos casos, justo antes de que el corazón se rompa. “Alexa: haz que me parta un rayo”. Su cínico sentido del humor al rescate. Estaba tocado pero no hundido.



Finalmente, el tiempo y el alcohol lograron vencer al ánimo. Apagó su teléfono, pagó la cuenta y retiró de su camisa el clavel que se prometieron llevar a modo de broma. “Yo voy a regalarte un ramo entero por todo lo que me estoy divirtiendo con tus mensajes”, le había escrito ella.



El enfado y las ganas de volver a tener noticias suyas se batían en duelo al salir por la puerta.

La mañana siguiente ojeaba la sección local del periódico cuando un titular atrajo súbitamente su atención. “Una joven muere arrollada por un coche”. La noticia estaba ilustrada con la foto de unas flores esparcidas sobre un paso de cebra.



Sus manos temblaban cuando encendió el teléfono. Y al marcar su número, sintió en el pecho la gélida certeza de que nunca habría primera cita.