756. LA ESTRELLA ESTRELLADA
miriam romero recio | MiMi

Érase una vez una navidad como otra cualquiera, la nieve pintaba las calles y los coros infantiles inundaban el ambiente con su musicalidad.
En casa de los Miranda llegó el día de decorar el árbol, nada ostentoso, unas cuantas boas de colores, bolas navideñas y por último la guinda del pastel, la estrella.
Esta llevaba en aquella casa desde que nacieron los pequeños Miranda, al menos unos diez años. Era el único de los adornos que aún conservaban con esa antigüedad, y por ello se sentía la más importante.
Cuando se hizo de noche los Miranda se fueron a dormir, ocasión que aprovechó la estrella para hablar desde su cima con algunos de los nuevos adornos.
– Bienvenidas a vuestro nuevo hogar, aquí pasaréis los días más felices de vuestras vidas, pero no os acomodéis demasiado, puede que el año que viene acabéis en la basura –dijo con sorna-.
– Déjales en paz, por mucho tiempo que lleves ahí arriba nadie es irremplazable – contestó Bola de purpurina-. Era uno de los adornos más antiguos junto con la estrella.
– Eso dices todos los años, pero aquí sigo –rió-.
Los días pasaron, la navidad acabó y los Miranda desmontaron el árbol, metiendo todo en sus correspondientes cajas.
Durante el verano, pudieron oír desde el desván que habían adoptado a un gato como regalo de cumpleaños para Liam Miranda. Una de las bolas que compartían caja con la estrella comentó que en el centro comercial oyó a una familia hablar sobre como tuvieron que comprar todos los adornos de nuevo porque su gato los había roto al tirar el árbol.
Bola de purpurina miró de reojo a estrella, y por un breve momento pudo notar su preocupación, pero volvió rápidamente a su estado habitual y dijo:
– No tiene la menor importancia para mí, gracias a mi perfecto diseño estoy bien sujeta al árbol.
El tiempo pasó, hasta que llegó de nuevo la navidad, y con ello el día de decorar el árbol. Este, pudo fijarse estrella, era un poco menos denso de lo que solía ser habitualmente.
El sonido de un cascabel alertó a los adornos, pudiendo ver a lo lejos la figura del gato. Este se acercó lentamente hacia el árbol y comenzó a juguetear. Tras varios zarpazos el árbol cayó al suelo. Los Miranda, alertados por el estruendo llegaron al salón, y cuando levantaron el árbol pudieron ver algunos de los adornos rotos, entre ellos su famosa estrella.
Mientras el padre barría los restos de hojas la madre cogió una caja y metió los adornos rotos. La estrella pensó que irían a por pegamento para arreglarla, pero su sorpresa fue mayúscula cuando el padre de los Miranda dijo fríamente que la tiraran, y mañana compraría una nueva.
Antes de que se llevaran la caja, la estrella miró a bola de purpurina, que estaba intacta y colgada de nuevo en el árbol, entonces esta le devolvió la mirada y susurró:
– “Nadie es irremplazable”.